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Tengo treinta y siete años y nunca había sabido lo que era acabar. Pensaba que era de otras mujeres. Hasta una tarde de marzo. Esta línea nos llegó al buzón hace dos semanas. La mujer que la…

1,850 palabrasAnónima por J., 35

Una tarde de marzo

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Tengo treinta y siete años y nunca había sabido lo que era acabar. Pensaba que era de otras mujeres. Hasta una tarde de marzo.

Esta línea nos llegó al buzón hace dos semanas. La mujer que la mandó nos pidió no firmarla. Lo que sigue es ficción que escribimos alrededor de su línea. Cualquier parecido con su vida más allá de lo que ella misma escribió es cosa nuestra. La línea es de ella.

Lucía no le contaba esto a nadie. Ni a su mejor amiga, que era con la que se contaba todo desde la prepa. Ni a su prima Marisol, que vivía en su misma colonia y a la que veía dos veces por semana. Ni a su mamá, evidentemente. Llevaba once años creyendo, en silencio, que el orgasmo que tantas mujeres describían — del que hablaban en los libros, del que se reían en las despedidas, del que su prima decía con suspiro tener tres veces por semana con su esposo — era una cosa de otras. Una cosa para la cual ella, por razones que nunca terminó de investigar, no había venido equipada.

Tenía sexo con su marido tres veces al mes. A veces más. Era buen sexo, según su propia definición. Bonito. Tranquilo. Tomás era bueno con ella — la besaba, la tocaba donde sabía que le servía, no se apuraba. Lucía se sentía cerca de él durante y se sentía tibia después. Pero esa cosa que las otras describían — la onda, la oleada, el corto-circuito —, eso no le pasaba. Y a Lucía no le parecía un drama. Pensaba que eso era para las otras y ya. Que el sexo era para sentirse cerca. Que ella tenía lo que le tocaba.

Eso fue lo que pensó durante once años de matrimonio con Tomás y durante los tres novios anteriores. Eso fue hasta una tarde de marzo.

Fue un martes. Eso lo recordaría después con precisión. Tomás había salido temprano a un evento de su empresa que iba a durar todo el día y parte de la noche. La empleada venía los miércoles, no los martes. Lucía trabajaba desde casa los martes — era diseñadora gráfica freelance — y por primera vez en semanas no tenía deadline ese día.

A las tres de la tarde, después de comer una ensalada y una pera, se dio cuenta de que tenía la casa sola y nada que hacer durante por lo menos cinco horas. Era una sensación rara — la había olvidado. Llevaba tantos años con la casa llena y los días llenos, que la posibilidad del tiempo abierto la hizo sentirse, durante un minuto, como si no supiera qué hacer con él.

Subió a su recámara. Se acostó en la cama deshecha — Tomás no la había hecho al irse, pero ella tampoco — y se quedó mirando el techo. Pensó en la conversación que había tenido con su prima Marisol el domingo en el brunch. Marisol le había contado, riéndose, que había comprado un vibrador hacía cinco meses. Lu, te juro, es la mejor compra que he hecho desde la lavadora. Las dos se habían reído. Lucía había pensado en ese momento que Marisol exageraba, como siempre.

Pero esa tarde de martes, mirando el techo de su recámara, con la casa entera para ella y cinco horas por delante, Lucía pensó en la conversación otra vez. Y por primera vez no le pareció una exageración. Le pareció una pregunta.

Se quitó los pantalones de pijama que llevaba puestos desde la mañana — porque trabajar desde casa permitía eso. Se quedó con la camiseta. No se desvistió completamente — esto lo notaría después también, que no se había desvestido, que había sido una cosa que pasó casi sin que ella le pusiera permiso explícito.

Cerró los ojos. No tenía vibrador. No tenía libro. No tenía nada que la guiara. Tenía las manos y la información que había acumulado durante treinta y siete años de no haberse atrevido — de saber dónde estaban las cosas pero no qué hacer con ellas.

Empezó por donde sabía que sí le servía con Tomás — el cuello, primero, pero a sí misma con dos dedos en la garganta. Le dio risa la torpeza. Bajó al pecho izquierdo, que ya conocía. Después se tocó como ya sabía tocarse cuando se exploraba en el baño antes de cumplir los veinte y dejaba de hacerlo porque le daba pena. Aprendió tres cosas en los primeros diez minutos: que su cuerpo no había olvidado nada de lo que había aprendido a los diecinueve, que la presión que ella se daba era exactamente la presión que ningún hombre le había dado nunca, y que tenía permiso de quedarse así todo el tiempo que quisiera porque no había nadie en la casa.

Estuvo casi una hora. No supo qué buscaba porque no sabía si lo había buscado alguna vez. Probó cosas. Probó parar y empezar otra vez. Probó ir más despacio. Probó pensar en cosas — recordó a un hombre del gym al que llevaba meses notando, recordó una escena de una película, recordó un comentario que había leído en internet hacía semanas y que se le había quedado pegado sin que ella supiera por qué.

Y entonces, en algún punto que después no lograría reconstruir, pasó.

Pasó como una cosa muy obvia y muy específica al mismo tiempo. No fue lo que se había imaginado los once años anteriores. Era más pequeño y más grande. Más concreto y más raro. Las piernas se le doblaron solas. Hizo un sonido que no se había oído hacer nunca. Y supo, en el segundo exacto en que estaba pasando, que eso era la cosa de la que las otras hablaban. Que sí venía equipada. Que el equipo siempre había estado ahí y que ella, por razones que nunca terminó de investigar, no había aprendido a operarlo.

Cuando terminó se quedó mucho rato acostada con los ojos abiertos mirando el techo de la recámara. No lloró. No se sintió culpable. No le pareció que hubiera hecho nada malo. Le pareció que había recuperado algo que llevaba once años creyendo, equivocadamente, que no le tocaba.

Se vistió. Bajó a la cocina. Se sirvió un vaso de agua. Se quedó parada en la cocina con el vaso de agua y se rió sola un segundo — no de algo gracioso, sino de la sorpresa de saberse hecha de las mismas piezas que las otras mujeres.

Esa noche, cuando Tomás llegó del evento y se acostaron, no le contó nada. Tuvieron sexo como tres veces al mes. Fue bonito. Tranquilo. Como siempre. Pero esa noche Lucía sintió, mientras Tomás se quedaba dormido a su lado, que lo que ella tenía con él ya no era todo lo que ella tenía. Que ella tenía a Tomás y se tenía a sí misma, y que las dos cosas eran cosas distintas, y que ninguna le hacía falta a la otra.

Esa tarde de marzo le llevaría meses ordenarla en la cabeza. Su cuerpo había estado esperando a que ella se diera permiso. No le había pasado nada raro a Tomás. No tenía nada que ver con Tomás. Tenía que ver con que ella había crecido pensando que el placer de ella era una cosa que un hombre le iba a entregar, si alguna vez había alguien que supiera cómo. Y que mientras esperaba a ese hombre — esperando bien, sin enojarse, sin culparlo, sin culparse — había olvidado que ella podía darse algo a sí misma.

Las mujeres como Lucía aprendemos a esperar. Aprendemos a esperar bien, sin enojarnos, sin culpar. Aprendemos a creer que lo que no nos llega es porque todavía no llega. Aprendemos a estar agradecidas por lo que sí. Lo que casi ninguna aprende — porque casi ninguna se lo enseñó nadie — es que algunas cosas no llegan porque las tenemos que ir a buscar.

Por eso, dos semanas después, escribió la línea que abre este texto y la mandó al buzón. No pidió que la publicáramos. Pidió que existiera escrita. La escribimos.

— Fragmento de E., 37, Coyoacán · pieza alrededor por el equipo editorial de LQNC.