Brunch de divorciadas en Roma Norte. A. confiesa al fin lo del profesor que tuvo en la maestría. Cincuenta y dos años, dos canas, un seminario de Borges.
Mi profesor de literatura
Esto me lo contó A. en un brunch de domingo en Roma Norte. Ya era la una y media. Mariana acababa de divorciarse, Vale acababa de divorciarse, y A. — la única que seguía soltera y no por accidente — pidió otra mimosa, miró por la ventana del Lardo hacia el Parque México, y dijo:
— ¿Les puedo contar algo de la maestría?
Las tres dejamos los tenedores. Ya no se hablaba de las exes ni de los abogados. Se hablaba de A.
Esto fue lo que dijo.
—
Yo entré a hacer la maestría a los veinticuatro porque me dolía mucho un tipo. No es muy literario, ya sé. Pero esa fue la razón.
Una maestría en literatura latinoamericana en la UNAM, dos años. Yo creía que iba por el conocimiento. En realidad iba por escapar de mi vida. Y eso de escapar a veces te lleva a lugares que no debías visitar.
El profesor se llamaba Tomás Aguilar. Tenía cincuenta y dos años. Era de Mendoza, Argentina, pero llevaba en México veinte años. Daba un seminario sobre Borges los miércoles de seis a nueve de la noche. Y los miércoles de seis a nueve eran las únicas tres horas de mi semana en las que yo dejaba de pensar en el ex.
Era guapo. Pero no de revista. Era de los que no te das cuenta hasta que abren la boca y dicen una sola frase tan precisa, tan medida, tan inteligente que de pronto te olvidas de todos los hombres jóvenes de tu vida y te preguntas cómo es que nunca habías escuchado a un hombre hablar antes.
Tenía pelo gris. Sí. También eso.
—
La primera vez que me miró diferente fue la cuarta sesión.
Yo había hecho una pregunta sobre “El sur” — un cuento de Borges — y le dije una cosa que él no había pensado. Lo recuerdo bien. Le dije que el cuento no trataba sobre la dignidad de morir como hombre, sino sobre la cobardía de no querer vivir como hombre. Tomás se quedó quieto unos segundos. Después me miró distinto. Como si yo hubiera dicho algo que cambiaba algo.
Después de la clase, me alcanzó en el pasillo del posgrado y me dijo:
— ¿Te puedo invitar un café? Quiero seguir hablando de eso.
Le dije que sí. Como se dice que sí.
—
Tomamos un café que se hizo dos. Después caminamos a un mezcal cerca del posgrado. Después caminamos a su coche. Para entonces ya eran las once de la noche y yo ya sabía que la universidad había sido un pretexto para escaparme del ex y que yo me iba a meter en algo nuevo y peor.
Me llevó a un departamento en la Condesa que no era suyo. Era prestado. Era de un amigo que se había ido a Buenos Aires por seis meses y le dejó las llaves. Tomás vivía con su esposa en San Pedro de los Pinos y nunca, nunca, me llevaría a su casa. Eso lo entendí esa primera noche, antes de que me besara.
No me besó como un hombre joven. Me besó como un hombre que ha aprendido a besar. Hay diferencia. Los hombres jóvenes besan como si tuvieran prisa por llegar a otro lado. Tomás besaba como si el beso fuera el destino.
Nos acostamos esa noche. Yo de veinticuatro años. Él de cincuenta y dos. Ese hombre me hizo cosas que mi exnovio nunca había sabido hacer y que yo no sabía que se podían pedir. Y la diferencia más grande no fue lo que hizo con sus manos.
La diferencia fue que después, cuando ya estábamos en silencio, me acarició la espalda con un dedo y me preguntó:
— ¿Qué estás leyendo en este momento, además del seminario?
Mi exnovio nunca me había preguntado eso. Nunca. En tres años.
—
Estuvimos un año.
Cada miércoles después de clase, tomábamos algo, caminábamos a la Condesa, subíamos al departamento prestado del amigo de Buenos Aires. A veces hablábamos cuatro horas antes de tocarnos. A veces no. Una vez le confesé que tenía miedo de que Borges fuera demasiado para mí, que era una farsa, que en realidad yo no entendía nada. Tomás se rió suave y me dijo:
— Borges también pensaba que no entendía a Borges. Eso es leerlo bien.
Yo lloré sin saber por qué. Él me abrazó sin preguntar.
Tú no estabas ahí. Tú no escuchaste cómo se siente que un hombre te entienda y aun así te toque como si tu cuerpo fuera el único libro que le hace falta leer.
—
Una noche de marzo, Tomás llegó al departamento prestado con una bolsa de Lukas, ese restaurante en la Condesa. Trajo dos botellas de tinto y una caja de chocolates que él mismo había seleccionado. Esa noche me preguntó si me había enamorado de él.
Le dije que sí.
— Yo también — me dijo —. Y por eso esto se tiene que terminar.
Le pregunté por qué. Él me miró como si yo fuera la alumna más brillante y a la vez la más estúpida que había tenido.
— Porque si seguimos, voy a romper mi matrimonio. Y si rompo mi matrimonio, no voy a poder vivir conmigo mismo. Y un hombre que no puede vivir consigo mismo no es nadie para nadie. Mucho menos para ti.
Yo me enojé. Le dije cosas. Le dije que era cobarde. Le dije que las palabras bonitas eran la justificación de los hombres viejos para no vivir. Le dije una cosa muy cruel sobre su esposa que no quiero repetir.
Tomás no se enojó. Solo me dijo, muy suave:
— Si yo dejara a mi esposa por ti hoy, en cinco años tú me ibas a dejar a mí porque ibas a entender que un hombre que rompe su vida por una alumna joven no es un hombre que vale la pena tener.
Y se fue.
—
Acabé el seminario. Acabé la maestría. Saqué excelente — incluso con él, porque Tomás nunca me bajó la nota ni una décima. Su carta de recomendación al doctorado me consiguió la beca a la Sorbona.
Llegué a París a los veintiséis. Estudié dos años. Tuve dos novios franceses, uno alemán, y un español que me siguió a México por un mes y se fue cuando entendió que yo no me iba a enamorar de él. De ninguno me enamoré. Ninguno me preguntó nunca, después de hacer el amor, qué estaba leyendo.
Tomás se murió hace tres años. De un infarto en una librería en Coyoacán, leyendo un libro que él mismo me había recomendado. Su esposa publicó la nota de su muerte en el Reforma. Fui al velorio. Me acerqué a darle el pésame a la viuda — que tenía cincuenta y tantos, cara de mujer que había vivido bien — y ella me miró un segundo más de lo necesario y me dijo:
— Tú eres A.
— Sí.
— Te recomendaba leer a Onetti. Lo hablaba mucho de ti.
Se me cayeron las lágrimas ahí mismo. Su viuda me abrazó y me dijo en el oído, suave, como un secreto:
— No te culpes. Yo lo hubiera querido también si hubiera tenido tu suerte de conocerlo joven.
—
A. terminó su mimosa.
Mariana y Vale, que habían estado mirándola con la mandíbula floja media hora, no decían nada. Yo tampoco.
Después de un rato, A. miró por la ventana, donde un par de muchachos universitarios pasaban hablando muy fuerte sobre algo de Boom y de marihuana, y dijo:
— Por eso no me he casado. No porque no haya querido. Porque ya conocí a uno.
Pidió la cuenta. Pagamos las cuatro. Cuando salimos del Lardo, ya era casi la hora de la siesta del domingo, y nadie se acordaba ya de los divorcios.
—
Esa fue la última vez que A. habló de Tomás.
Conserva una foto de los dos en un departamento prestado en la Condesa. La tiene escondida atrás de un libro de poemas. Yo la vi una vez.
Él se está riendo. Ella está mirándolo a él.
Eso es todo lo que sé.