Vuelo CDMX-Houston. La mujer del asiento de al lado pide un mezcal antes del despegue. Eso te dice algo. Lo que sigue es el POV de la otra.
Lo sé de su esposa
Iba en el vuelo CDMX–Houston de las once de la mañana. Asiento de ventanilla, fila trece. Yo solo iba a Houston por un congreso que ya no me importa. La mujer de al lado pidió un mezcal antes de que el avión despegara. Antes. Eso te dice algo.
Cuando llegamos a los treinta mil pies, ella terminó el mezcal, pidió otro, me miró, y me dijo:
— ¿Te molesta si te cuento algo?
No me molestó. Eran tres horas de vuelo y yo iba a un congreso que ya no me importaba. Le dije que sí.
Esto fue lo que me contó.
—
Se llama D. Tiene cincuenta y dos años. Yo tengo treinta y uno. Su esposa se llama Verónica. Yo sé cosas de Verónica que ella ni sabe que existen.
Sé que se cumplen veintitrés años de casada en agosto. Lo sé porque cada año, alrededor de esa fecha, D. me cancela los miércoles porque tiene que llevarla a comer a un restaurante que se llama Quintonil. Una vez le pregunté por qué siempre Quintonil. Me dijo que ahí se lo pidió hace mucho tiempo. Yo asentí. No le dije que ya no se siente como cumpleaños sino como aniversario de prisión.
Sé que tiene rosacea. Lo sé porque D. me ha contado, no enojado, no quejándose, solo informándome — como uno informa de un dato — que su esposa gasta ocho mil pesos al mes en cremas. Sé que esas cremas no funcionan y que ella se acuesta con la cara grasa todas las noches. Sé que D. ya no la ve dormir.
Sé que tiene dos hijos: Mateo, veinte, está en Boston estudiando finanzas. Marina, dieciocho, va a entrar a una universidad en California. Lo sé porque cada vez que D. me habla de ellos, su voz se suaviza un grado y medio. Por sus hijos no me lo voy a llevar nunca. Yo lo sé. Él lo sé. Lo que no sabe es que yo no quiero llevármelo.
Sé que Verónica usa Chanel No. 5. Lo sé porque la primera vez que D. y yo nos acostamos, me preguntó si yo usaba algún perfume. Le dije Coco Mademoiselle. Me dijo “qué bien.” Después me explicó que nunca había olido a Coco Mademoiselle, ni en su vida, porque su madre, su esposa, su hermana, todas usaban Chanel No. 5. Y que se le había olvidado que existían otros perfumes.
Yo no era un perfume nuevo. Era el recuerdo de que existían otros perfumes.
Sé que ella está empezando con la menopausia. D. no me lo ha dicho. Lo sé porque cada vez más, los miércoles que llego a su despacho a las seis de la tarde, él tiene cara de hombre que durmió mal y de hombre cuya casa no está ya tan caliente como antes.
Sé que el día que cumplió cincuenta D. lloró una noche en el coche, solo, después de su fiesta. Lloró porque no estaba seguro de que todavía le interesara su propia vida. No me lo dijo. Lo encontré en el espejo retrovisor del coche el martes siguiente, cuando me llevó al Airbnb que renta a mi nombre — pero paga él — en Polanco. Esos espejos guardan cosas que nadie te dice.
—
La primera vez fue hace dos años, en una junta de un cliente compartido. Yo era la asociada nueva del despacho. Él era socio del corporativo. Yo tenía veintinueve. Él tenía cincuenta. Hablamos en una reunión de tres horas y, al final, cuando yo me iba a salir del edificio, me alcanzó en el elevador y dijo, sin presentación:
— Tienes la voz de alguien que sabe lo que dice. Eso es muy raro. Felicidades.
No me felicitó por la presentación. Me felicitó por mi voz. Esa fue la primera cosa que entendió de mí — antes de mi nombre. Antes de mi cara.
Tres semanas después me invitó a tomar un mezcal. Yo sabía que estaba casado. Sabía que tenía dos hijos. Sabía la edad. Sabía que estaba bajando de peso porque iba al gimnasio dos veces por semana con un entrenador que se llamaba Iván. Cuando me senté frente a él en el bar que se llama Departamento, en la Juárez, ya sabía todo lo que había que saber. Y aun así me senté.
Lo que pasó esa noche, no se cuenta como pasó.
Me besó en el coche. No en el bar. No en el elevador del bar. En su coche estacionado dos cuadras después, cuando yo le dije “déjame en el Uber” y él me dijo “te llevo, son cinco minutos.” Esos cinco minutos se hicieron cuarenta. Y al final no me llevó a mi casa. Me llevó a un hotel en la Condesa.
Ese hotel costó tres mil quinientos pesos. Lo sé porque yo lo pagué. Le dije que yo lo pagaba esa noche para que después no fuera un cargo en su tarjeta que su esposa pudiera ver. Él aceptó pagarme con la condición de devolverme el doble. Lo cumplió. Esa fue mi primera lección con D.: nunca permite que alguien le invite. Especialmente las mujeres.
—
Sus manos no son lentas. Son precisas. Es un hombre que pasó treinta años aprendiendo qué le gusta a una mujer y los últimos cinco aplicándolo con calma. Cuando me toca, no me acaricia: me lee. Me lee como un abogado lee un contrato — buscando lo que está dicho y lo que no está dicho, lo que hace falta ajustar, lo que va a ceder bajo presión.
La primera vez en ese hotel de la Condesa me hizo tres cosas que yo no sabía que se podían pedir y dos cosas que ya nunca le voy a poder pedir a nadie más, porque ya nadie más me las va a saber dar.
Cuando salí del hotel a las cuatro de la mañana, en un Uber, con la blusa al revés, supe dos cosas. La primera: que ese hombre se iba a quedar conmigo de alguna forma para siempre. La segunda: que yo nunca iba a ser la mujer al lado de él en el restaurante donde se lo pidió hace veintitrés años.
Y aun así me subí al Uber sintiendo que había ganado.
—
Llevo dos años así. Dos años pagando mi propia renta, sola, en un departamento en la Roma que decoré como si esperara invitados que nunca van a venir. Dos años cancelando bodas porque “tengo trabajo” cuando en realidad voy a un Airbnb. Dos años escuchándome decir “soy yo la que decidí esto” todas las mañanas frente al espejo, antes de salir a la oficina donde nadie sabe nada.
¿Sé que está mal? Sí. Sé que está mal.
¿Voy a parar? No. Y la razón no es la que tú te imaginas.
—
La razón es esta: D. me regaló algo que su esposa nunca le pidió. Le pidió otras cosas — dos hijos, una casa en San Ángel, fines de semana en Tepoz, viajes a Europa, la fidelidad de los primeros quince años. Pero nunca le pidió que la mirara. Nunca le pidió que pensara en ella. Nunca le pidió que se quedara despierto a las dos de la mañana repitiéndole en su cabeza una cosa que ella había dicho durante la cena.
Yo se lo pedí. Sin pedírselo. Y él me lo dio sin que yo se lo pidiera.
Verónica no es una mala mujer. Yo no soy una mala mujer. D. tampoco. Esto no es una historia de buenos y malos. Es una historia de cosas que la gente no se atreve a pedir y de cosas que la gente da, sin que se las pidan, porque en algún momento de la vida una persona elige darse a alguien que la mira de regreso.
Ella tuvo veintitrés años de él. Yo tengo dos.
Y aun así, el mejor postre del matrimonio se lo estoy comiendo yo.
—
El avión empezaba a aterrizar en Houston cuando ella terminó. Tenía la cara seca. Yo no sabía qué decirle. Se acabó el segundo mezcal y guardó el vasito en su bolso, no sé por qué.
— ¿Por qué me cuentas todo esto? — le pregunté.
Se rió un poco. Una risa baja, cansada, casi cariñosa.
— Porque a ti no te voy a volver a ver. Y porque si lo escribo se me va de adentro. Y porque tu cara me cae bien. Y porque algún día tú vas a estar sentada en un avión al lado de una mujer joven, vas a ver tu reflejo en la ventanilla, y vas a entender por qué te lo conté.
Bajamos del avión. Le pregunté su nombre. Me dijo:
— Mejor no.
Y se fue caminando hacia el control de aduana, jalando una maleta pequeña, con el pelo todavía oliendo a Coco Mademoiselle.
—
Eso fue lo que me contó esa mujer en el vuelo a Houston.
Yo no la volví a ver.
Tres semanas después, mi novio me llamó a las dos de la mañana, llorando, para confesarme que llevaba cinco meses con una asociada nueva del despacho.
Le dije que tenía que pensarlo. Colgué.
Y por primera vez en cinco meses entendí lo que me había querido decir esa mujer.