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Veintidós años sin verlo. La noticia de que Andrés volvía le tiró la taza. Ya me lo estoy planchando, el vestido.

1,850 palabrasAnónima por J., 35

Lo que dejamos en Zacatecas — Capítulo 1

Capítulo 1 — El telegrama que ya nadie manda

La noticia de que Andrés Vega volvía a Zacatecas me llegó por el peor medio posible: el grupo de WhatsApp de los excompañeros de la prepa, entre un sticker de buenos días y la queja de alguien sobre el tráfico.

"Regresa Andrés. Su mamá falleció. El velorio es el jueves."

Cuarenta y nueve años tengo, y se me cayó la taza.

Veintidós años sin verlo. Veintidós años desde que se subió a una camioneta rumbo a Chicago jurando que volvería por mí en un año, dos máximo, y yo me quedé aquí esperando un año, dos, tres, hasta que dejé de contar y me casé con Tomás, que era bueno y estaba presente, dos cualidades que Andrés, a tres mil kilómetros, no podía ofrecer.

Tomás murió hace cuatro años. Soy viuda. Eso lo sabe todo Zacatecas.

Lo que no sabe nadie —ni mis hijos, ni mis comadres, ni Tomás en paz descanse— es que durante veintidós años hubo un cajón en mí que nunca cerró del todo. Un cajón con el nombre de Andrés Vega escrito con la letra de los diecisiete años.

El jueves me puse el vestido negro. Por la difunta, me dije. Doña Concha fue buena conmigo, me dije. Voy por respeto, me dije, y me pinté los labios con un cuidado que el respeto no exige.

La funeraria de Zacatecas huele igual que hace veintidós años: a nardos y a café de olla y a chisme contenido. Entré, di el pésame, me persigné frente al ataúd. Y entonces lo vi, parado junto a las coronas, recibiendo abrazos.

Andrés Vega a los cincuenta y uno.

El pelo gris, sí. Unos kilos, sí. Pero los mismos ojos, esos ojos negros que me miraban completa cuando teníamos diecisiete y el mundo era una promesa que todavía no nos rompía. Me vio desde el otro lado de la sala llena de gente de luto.

Y se le descompuso la cara. No de tristeza por su mamá. De otra cosa. De la misma cosa que a mí se me descompuso la cara cuando se me cayó la taza el lunes.

Caminó hacia mí entre la gente, despacio, como quien cruza no una sala sino veintidós años. Cuando llegó, no me dio la mano. No me dio el abrazo de pésame protocolario. Se quedó parado frente a mí, demasiado cerca para dos desconocidos y demasiado lejos para lo que fuimos, y dijo, con una voz más ronca de lo que recordaba:

—Cuca.

Nadie me dice Cuca desde hace veintidós años. Tomás me decía Refugio. Mis hijos, mamá. Las comadres, Cuquita. Cuca, así, seco, con ese peso — solo él. Solo él me dijo Cuca alguna vez como si fuera una palabra que le pertenecía.

—Andrés —contesté, y odié que me temblara.

—Te ves… —empezó, y se detuvo, y miró alrededor a toda la gente, a su madre muerta a diez metros, al lugar y al momento más imposibles del mundo para lo que claramente los dos estábamos sintiendo. Tragó saliva—. Perdón. No es… no es el momento.

—No —dije yo—. No es el momento.

Pero ninguno de los dos se movió. Ninguno de los dos dejó de mirarse. Y en ese velorio lleno de nardos y de gente, con su mamá de cuerpo presente y mi marido cuatro años bajo tierra, sentí cómo aquel cajón que nunca cerró del todo se abría de golpe, veintidós años de bisagra oxidada cediendo en un segundo.

Me dio su pésame al revés: fui yo la que lo acompañé a él esa noche, sin tocarlo, sentada tres sillas atrás, mirándole la nuca encanecida hasta la madrugada.

Cuando me iba, ya de salida, sentí su mano en mi codo. La primera vez que me tocó en veintidós años. Apenas el codo. Me ardió como si me hubiera tocado entera.

—Cuca. No te vayas todavía a tu vida sin que hablemos. Una vez. Te lo pido. Mañana. El café de la plaza, el de siempre, ¿sigue ahí?

El café de la plaza, el de siempre. El de los diecisiete años. Sigue ahí. Igual que el cajón.

Le dije que sí con la cabeza porque la voz no me iba a salir entera.

Manejé a mi casa vacía. Me senté en la cama que fue de Tomás y mía. Y entendí, con un susto que no sentía desde hacía décadas, que mañana a las cinco de la tarde iba a tener que decidir si soy la viuda decente que todo Zacatecas cree que soy —

— o la que todavía, después de veintidós años, guarda un cajón con un nombre escrito con letra de diecisiete.

No sé cuál de las dos se va a poner el vestido mañana.

Pero ya me lo estoy planchando.

(Continúa el próximo viernes — Capítulo 2: El café de la plaza.)