Lo descubrimos a las cuatro y diez de la mañana en el baño de la suite 207 del hotel Casa Tlali en Sayulita, las dos paradas descalzas en el frío del piso de mosaico, las dos con la misma camisa…
Las dos del baño de las cuatro
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Lo descubrimos a las cuatro y diez de la mañana en el baño de la suite 207 del hotel Casa Tlali en Sayulita, las dos paradas descalzas en el frío del piso de mosaico, las dos con la misma camisa de pijama que nos habían regalado el primer día con el logo de la despedida bordado en oro arriba del pecho izquierdo, las dos riéndonos sin parar y sin poder explicarle a las demás por qué. Las demás dormían en las otras dos suites, las pobres, y nosotras teníamos que cubrirnos la boca con la mano para no despertarlas.
Era el último día de la despedida de soltera de mi prima Vale. Llevábamos cuatro noches ahí. Faltaban dos horas para que saliera el sol y faltaban cinco para el desayuno del último día. Y Alicia acababa de decirme — todavía no me lo creo — que llevaba tres días enamorada del Güero.
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Vale se casaba un mes después con un buen hombre de Querétaro que se llama Patricio. Éramos ocho damas en la despedida — la mejor amiga de Vale del kinder, dos primas (yo entre ellas), las tres del trabajo, y dos del posgrado. Alicia era del trabajo. La conocía desde hace seis años porque ahí trabajaba yo también antes de cambiarme. Era una conocida cordial. Una persona con la que coincidía en las despedidas de cumpleaños y en las bodas y en los baby showers de las amigas de Vale, y a quien siempre le decía qué bonito el vestido aunque nunca la había visto sin vestido bonito porque siempre nos veíamos en eventos.
El Güero — esto es lo importante — era el bartender principal del hotel. Treinta y tantos. Origen Guanajuato confirmado por su acento norteño que se le escapaba cuando se reía. Pelo rubio quemado por el sol que se había hecho rubio quemado por el sol, no nacido. Ojos de mar. Camiseta blanca que sabía qué tan ajustada usar. Tenía la facilidad encantadora de alguien que llevaba diez años haciendo turismo y para quien cada huésped era el huésped más bonito de la semana — pero a una le costaba acordarse de eso cuando él se lo estaba diciendo.
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A mí me había dicho Lupita el segundo día. Yo no le había dicho que me dijeran Lupita. Mi nombre en la lista de huéspedes era Lucía. Cuando me llamó Lupita la primera vez, en la barra de la alberca, mientras me ponía mi piña colada de la tarde, se me detuvo la respiración un segundo y medio.
No le dije nada. Le di las gracias por la piña colada. Me senté en mi camastro con la piña colada. Y desde el camastro lo miré servir piñas coladas a las demás chicas durante una hora, decidiendo en silencio que ninguna otra había recibido la atención de un nombre que ella no le había dado.
El tercer día me trajo limón extra a la mesa del desayuno sin que se lo pidiera. Sé que te gusta más limón, Lupita. El cuarto día me preguntó si yo era la madrina, y cuando le dije que era la prima, me dijo ya entendí — la prima encargada y se rió de una manera que me hizo sentir encargada.
Yo no le había contado nada a nadie. No porque fuera vergonzoso — porque la cosa estaba pasando dentro de mí, y dentro de mí estaba muy bien, y sacarla afuera habría sido como abrir un frasco que se iba a evaporar.
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A Alicia el Güero también le había dicho Alicita el segundo día. Sin que ella se lo dijera. Le había traído limón extra al desayuno del tercero. Sé que te gusta más limón, Alicita. Le había preguntado si ella era la madrina, y cuando ella le dijo que era de su trabajo, le había contestado ya entendí — la del trabajo que la conoce mejor que nadie. Y se había reído de una manera que la había hecho sentir conocedora.
Estas cosas las descubrí cuando, en el baño de la 207, a las cuatro y diez, Alicia me dijo en voz baja — porque la cama matrimonial estaba al otro lado de la pared y ahí dormían dos:
— Oye, Lu, no le digas a nadie. Creo que el Güero está coqueteando conmigo.
Yo me quedé como tres segundos parada con el cepillo de dientes en la mano. Después le dije:
— ¿En la barra de la alberca?
— Sí. Y a la mesa del desayuno también.
— ¿Con limón extra?
Alicia abrió los ojos.
— ¿A ti también?
Y empezamos a reírnos. Las dos. A las cuatro y once de la mañana en el baño de la suite 207 del hotel Casa Tlali en Sayulita, con las cabezas casi pegadas porque nos teníamos que tapar la boca con la mano, las dos comparando datos en susurros — ¿y a ti te dijo lo del nombre? sí ¿y lo de la madrina? sí ¿y lo del limón? — y descubriendo en tiempo real que el Güero, ese hombre divino, llevaba diez años perfeccionando exactamente cuatro frases y las usaba con todas las mujeres del hotel.
Y nosotras nos lo habíamos creído. Cada una por su lado. En silencio. Cada una protegiendo su pequeño secreto delicioso como si fuera el único.
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Ordenamos una botella de champaña al room service a las cuatro y cuarenta. La trajo un mesero distinto, gracias a dios. Nos sentamos en la alfombra de la habitación con la botella y los dos vasos y empezamos a contarnos cosas.
Alicia me contó la vez que se enamoró a los veintiocho de un compañero del despacho que también estaba enamorado de tres compañeras más, todas creyendo lo mismo que ella, descubierto en un baño de Cancún en una despedida idéntica a esta. Le dije que mi historial era peor — yo había aguantado catorce meses con un hombre que tenía exactamente la misma rutina con tres mujeres distintas, y que solo lo descubrí porque su mamá me llamó por error. Ella se rió tanto que se atragantó con la champaña. Yo me reí de que se atragantara. Las dos terminamos en el piso del baño otra vez, esta vez para que ella se calmara.
Vimos amanecer en el balcón de la suite. Hablamos hasta las siete. No nos acostamos en ningún momento porque la conversación estaba demasiado buena.
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Bajamos al desayuno juntas. El Güero estaba detrás de la barra del café. Nos vio entrar y nos dijo, sonriendo:
— Buenos días, Lupita. Buenos días, Alicita.
Las dos sentimos exactamente la misma cosa al mismo tiempo: la convicción de que si nos mirábamos en ese segundo, una de las dos se reía y la otra le seguía y nos íbamos a delatar enfrente de las otras seis chicas que todavía no sabían nada. Así que ninguna miró a ninguna. Pagué mi café con el corazón en la garganta. Caminamos a la mesa con las tazas en las manos como si lleváramos huevos crudos.
Cuando nos sentamos, Alicia me agarró la rodilla por debajo de la mesa y la apretó una vez. Yo le apreté la mano de regreso una vez. Y eso fue todo. Cuatro minutos después estábamos hablando con las demás del menú del brunch como si nada hubiera pasado.
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Las mujeres que crecimos creyendo que el chisme es algo a lo que hay que renunciar para ser serias no entendimos que el chisme es la manera más rápida que tienen dos mujeres de saber que están vivas al mismo tiempo. Alicia y yo pasamos seis años conociéndonos cordialmente porque nunca habíamos chismeado. Esa madrugada en el baño de la 207 chismeamos por primera vez. Y de pronto era mi amiga.
Vale se casó dos meses después. El Güero sigue trabajando en Casa Tlali, dándole limón extra a todas las Lupitas y Alicitas que pasan por la barra de la alberca. Yo veo a Alicia cada miércoles para tomar café en una panadería de la Roma que es nuestra ahora. Le mandé un audio hace dos semanas que decía ¿te acuerdas de cuando el Güero?, y ella me contestó con uno de tres minutos de risa. Yo le contesté con uno de cinco.
La aventura de esa semana iba a ser un casi-encuentro con un hombre divino que sabía exactamente qué decirme. La aventura terminó siendo una amiga que llevaba seis años a tres pasos y no la había visto. El hombre divino sigue ahí. La amiga también. Solo una de las dos cosas resultó ser para mí.
— Sin firma. Sayulita / Ciudad de México.