1994, el piso de la cocina, esperando a que sean las once para que baje la tarifa. Aprendió que el hambre era suya.
Larga distancia
Es 1994 y tienes veinticinco años y estás sentada en el piso de la cocina, la espalda contra la alacena, el cable del teléfono estirado hasta donde da, esperando a que sean las once.
A las once baja la tarifa de larga distancia. Lo sabes de memoria porque llevas tres meses organizando tu vida entera alrededor de esa hora. Él está del otro lado, en Chicago, donde se fue a trabajar, y tú estás aquí, en Juárez, midiendo el amor en minutos que cuestan dólares que no tienes.
Marcas. Suena dos veces —siempre dos, es la señal— cuelgas, y esperas a que él te marque de regreso, porque su tarjeta es más barata. Pequeñas economías del deseo. Nadie te enseñó esto y aquí estás, experta.
Cuando contesta, su voz llega con ese eco de medio segundo que tenían las llamadas de entonces, como si hablara desde el fondo de un pozo muy lejano y muy hondo. Y tú cierras los ojos en el piso de la cocina y por treinta y cuatro minutos —los cuentas, después, mirando el reloj con culpa y con gloria— ese pozo es el único lugar donde quieres estar.
No se dicen cosas sucias. No es eso. Es algo peor y mejor: se cuentan el día. Lo que comió. Lo que viste. La canción que sonó en la radio y que te hizo pensar en él. Y en algún punto de la llamada las voces bajan, se ponen roncas, y aunque están a tres mil kilómetros y un cable de por medio, tú sientes ese calor subir por el cuello como si lo tuvieras respirándote en la nuca. El deseo no necesita cuerpos en el mismo cuarto. Necesita atención. Y nunca en tu vida nadie te ha puesto la atención que te pone este hombre por teléfono a las once de la noche.
Cuelgas. La cocina vuelve a ser una cocina. Te quedas en el piso un rato, con el cuerpo encendido y la tarjeta de teléfono más pobre, y sientes una cosa nueva: que eres deseada y que deseas, las dos, al mismo tiempo, sin pedirle permiso a nadie, en secreto, en tu propia casa, a tus veinticinco años.
Aquí viene lo que de verdad te quiero decir, tú, la que está en el piso de la cocina en 1994:
Esa historia no terminó en boda. Te lo adelanto para que sueltes el suspenso. Él se quedó en Chicago, tú te quedaste aquí, la distancia ganó como gana casi siempre. Vas a llorar. Pero óyeme bien desde el futuro: lo que aprendiste en ese piso de cocina no fue a extrañar a un hombre. Fue a saber, en el cuerpo, sin que nadie te lo explicara, que tú deseas. Que tienes apetito. Que eres un país con su propia hambre y no nada más el territorio donde otro viene a tener la suya.
Ese hombre fue el mensajero, no el mensaje. El mensaje eras tú, descubriéndote entera en el piso de una cocina, contando minutos, viva como nunca.
Vas a tener otros teléfonos, otras voces, un marido eventualmente, una vida. Pero la mujer que se prendió sola en esa cocina —esa no te la quita nadie, ni la distancia, ni los años, ni Chicago. Esa eres tú. Siempre fuiste tú.
Levántate del piso, mi vida. Ya sabes algo que muchas mujeres mueren sin saber: que el hambre es tuya. Ahora ve a darte de comer.