Grupo de WhatsApp Mamás Salón Rojo. Dra. Camila Restrepo — colombiana, cuarenta minutos por consulta. El papelito con su WhatsApp personal.
La pediatra de mi hijo
El grupo de WhatsApp se llama “Mamás Salón Rojo.” Somos catorce. Niños de tres años y medio que entraron juntos al mismo colegio en agosto. Llevamos siete meses en ese grupo. Las primeras mamás que escribieron — Renata, Sofía, Magda — son las que ahora ponen los stickers. Yo escribo poco. Yo soy de las que leen.
Lo que voy a contar empezó con un mensaje de Renata a las diez de la noche de un martes.
Chicas — necesito el nombre de un pediatra bueno. Dr. Salgado se mudó a Querétaro y nos dejó tirado.
—
Yo contesté a los dos minutos.
— Dra. Camila Restrepo. Está en Polanco, Av. Horacio. Mi hijo lleva con ella desde los seis meses. Es la mejor.
Magda contestó:
— Espera. ¿La Dra. Restrepo? ¿La colombiana? ¿La que es alta?
— Sí.
— Mi cuñada va con ella también. Dice que la doctora es una mujer divina.
Renata escribió:
— Ya le mando un mensaje. Gracias.
El grupo siguió con otros temas — el cumpleaños de Lucas, la kermés del viernes — y yo me quedé viendo el celular un rato más de lo normal.
—
Camila Restrepo es divina. Eso no es una mentira.
Tiene treinta y nueve años. Es de Medellín. Estudió pediatría en la Javeriana, se hizo una subespecialidad en Houston, y se mudó a CDMX hace ocho años con su esposo — que es un cirujano cardiovascular argentino que trabaja en el ABC y a quien yo he visto exactamente una vez en una consulta. Camila tiene dos hijos, una hija de ocho y un niño de cinco. Vive en Polanco. Habla con esa entonación cantadita de Medellín que hace que te perdones a ti misma cuando ella te dice que tu hijo se enfermó porque sí, no por algo que tú hiciste mal.
Mi hijo se llama Mateo. Lleva con Camila tres años. Camila lo ha visto más veces que su papá lo ha visto en consulta — ocho veces, contra dos. Cada cita dura cuarenta minutos. Cuarenta minutos. La mayoría de los pediatras te dan veinte. Camila te da cuarenta.
Yo siempre llego sola con Mateo a las consultas. Mi esposo trabaja. Mi mamá no se mete. Y cada vez, las dos primeras veces que fuimos, yo lloraba en el coche al regreso. No de tristeza. De alivio. Camila era la primera persona en seis meses que me había hablado a mí — no a mi hijo, a mí — como si yo supiera lo que estaba haciendo.
—
La cita en la que me di cuenta fue hace dos meses.
Mateo había tenido una otitis y Camila lo había revisado. La consulta había durado los cuarenta de siempre. Cuando Camila terminó de revisarle el oído, le dijo a Mateo “ya quedaste, mi rey,” le dio un sticker de Bluey, y Mateo se fue a la mesa de juguetes que ella tiene en la esquina del consultorio.
Camila se sentó en su escritorio. Yo me senté en la silla del paciente. Empezó a escribir la receta. Yo le miré las manos — son manos largas, con un anillo de diamantes pequeño en la mano izquierda y un anillo de oro grueso en la mano derecha. Sin uñas pintadas.
Camila dejó de escribir. Levantó la vista. Me miró tres segundos. Después me dijo, en su voz cantadita de Medellín:
— ¿Tú estás bien?
— Sí.
— Mírame otra vez.
La miré.
— Estoy bien.
Camila no me respondió. Volvió a la receta. Cuando terminó, me la pasó sobre el escritorio. Pero antes de soltarla, me dijo:
— Si algún día no estás bien, llámame. No para Mateo. Para ti.
Y me dio un papelito con su número personal de WhatsApp. No el de la clínica. El personal.
—
Yo no le escribí.
Pasaron seis semanas. Pasaron las vacaciones de Semana Santa. Pasó el cumpleaños de Mateo. Pasó una pelea grande con mi esposo que yo nunca le conté a nadie.
Una noche — un jueves, a las once y veinte — yo estaba en la cocina con un vino tinto, viendo las luces de la torre Mayor por la ventana de mi departamento de Polanco, y le escribí.
Doctora — perdón por el horario. Soy la mamá de Mateo Aguilar. ¿Está despierta?
Camila contestó a los seis minutos.
No me digas doctora. Sí estoy despierta. Cuéntame.
—
Lo que pasó después no lo voy a contar como pasó.
Camila me dijo que tenía una hora libre el viernes a las dos. Me preguntó si podíamos vernos en un café cerca de mi casa. Me dijo no para Mateo, para ti.
Yo le dije que sí.
El viernes a las dos llegué a un café en Anatole France. Camila ya estaba ahí. No estaba en bata. Estaba en jeans, una camisa de seda color crema, el pelo agarrado en una cola baja. Se veía más alta que en el consultorio. Más mujer. Menos doctora.
Hablamos dos horas. Yo le conté lo de la pelea con mi esposo. Lo de los dos años de no dormir. Lo de cómo había dejado de pintarme las uñas porque ya no tenía tiempo para mí. Camila escuchó. No me daba consejos como una doctora. No me decía tienes que ir a terapia. No me decía esto es normal. Me escuchaba como me escucharía una amiga.
A las cuatro Camila me dijo que tenía que regresar al consultorio. Pagó ella la cuenta antes de que yo lo notara. Cuando salimos del café a la calle, ella me dijo:
— Mañana es sábado. Yo trabajo solo en la mañana. ¿Quieres ir conmigo a mi casa después del consultorio? Mi esposo está en Buenos Aires en un congreso. Mis hijos están con sus abuelos. Yo voy a tener la casa sola y un Pinot Noir argentino que mi suegra me regaló. Tú no tienes que ir si no quieres.
Yo le dije que sí.
—
Lo que pasó en la casa de Camila Restrepo en Polanco esa tarde de sábado no fue lo que yo había pensado.
Yo había pensado que íbamos a hablar más. Que iba a ser otra hora de la confidencia.
No fue eso.
Camila me sirvió el Pinot Noir argentino. Nos sentamos en su sala — que tiene unos ventanales enormes que dan al Parque Lincoln. Pusimos música — un disco de Jorge Drexler que ella tenía en vinilo. Yo le conté más cosas. Ella me las escuchó.
A la cuarta hora, cuando ya iba la segunda botella, Camila me agarró la mano. No fue una mano agarrándome — fue la mano que se queda al lado de la otra mano sobre el sofá y sin que ninguna de las dos lo planee, los dedos se entrelazan.
Camila me miró. Yo la miré.
— ¿Te molesta?
— No.
—
Esa fue la primera tarde.
Han pasado seis. Una cada quince días, los sábados que su esposo trabaja en el ABC y mi esposo se lleva a Mateo a Cuernavaca con sus papás.
Mi hijo todavía va con la doctora Camila Restrepo cada cuatro meses. Cuarenta minutos. La doctora le revisa el oído. Le da un sticker de Bluey. Le dice “ya quedaste, mi rey.”
Yo me siento en la silla del paciente. Camila se sienta detrás del escritorio.
Yo le miro las manos largas. Ella me mira a los ojos.
Ninguna de las dos sabe en qué va a terminar esto.
Pero las dos sabemos que cuando termine, ninguna de las dos lo va a contar como pasó.