Mi boda fue en abril. Llovió toda la semana antes. La fotógrafa se llamaba Ana. Tenía treinta y siete y una peca debajo del ojo izquierdo. Después del beso del altar, lo primero que vi no fue mi familia.
La fotógrafa de mi boda
Mi boda fue en abril. Llovió toda la semana antes y mi tía decía que era buena suerte. Yo no le creí, pero le sonreí porque era mi tía.
La fotógrafa se llamaba Ana. La contraté en febrero. Llegó al hotel a las nueve de la mañana del día de la boda con una mochila negra, un café en la mano, y el pelo recogido con un lápiz. Hola, soy Ana — me dio la mano como si fuéramos socias de algún negocio que yo no sabía que tenía.
Tenía treinta y siete. Yo tenía treinta y dos.
Mi futuro esposo se llamaba Patricio. Buen hombre. De Monterrey. Trabajaba en finanzas. La familia estaba feliz. Mi mamá había llorado cuando le dije, no de tristeza — de eso que las madres mexicanas hacen, esa cosa de por fin, hija, por fin.
Ana me pidió que me dejara peinar y maquillar como si ella no estuviera ahí. Olvídate de mí. Yo no soy parte de esto. Pero estaba parte de eso. Estaba detrás de la cámara, sentada en una silla pequeña en la esquina de la suite, viéndome desde un ángulo que nunca antes nadie me había visto.
A las once me trajo café. Te veo nerviosa. Yo le dije que no. Ella me dijo todas dicen que no.
A las doce me preguntó si quería un momento sola. Le dije que sí. Salieron mi mamá, mi tía, las amigas que estaban ayudando con el vestido. Ana se quedó. Yo no cuento. La cámara cuenta. ¿Quieres que apague la cámara? Le dije que no.
Tomó fotos de mí mientras yo veía la ventana. Después tomó fotos de mí mientras yo me veía en el espejo. Después se acercó y me arregló el velo con la mano libre, sin tocar la cámara. Sus dedos rozaron la línea del cuello. Ya. Tres segundos.
— ¿Quieres que te diga algo? — me preguntó.
— Sí.
— Te ves preciosa. Y te ves asustada. Las dos cosas no son contradictorias.
Patricio me esperaba en la iglesia. Yo bajé las escaleras del hotel del brazo de mi papá. Ana caminaba dos pasos atrás, tomando fotos de la espalda del vestido — el vestido era largo, con cola, con un escote en V que mi mamá había peleado conmigo durante tres pruebas.
La ceremonia fue lenta. El padre habló largo. Patricio dijo sus votos sin voz que se le quebrara. Yo dije los míos llorando un poco. Cuando me volteé al final, después del beso, lo primero que vi no fueron mis amigos ni mi familia. Vi a Ana, agachada en el pasillo central, con la cámara apuntando hacia mí. No se le veían los ojos. Pero supe que me estaba viendo a mí — no a la novia.
Eso me incomodó. Y me gustó. Las dos cosas, también, no son contradictorias.
La fiesta fue en un jardín a las afueras. Ana trabajó toda la noche. La vi de lejos haciendo fotos de mis tías bailando, de los niños corriendo entre las mesas, de Patricio brindando con sus papás. Cada vez que yo volteaba a buscarla, la encontraba. No siempre con la cámara levantada. A veces solo viendo.
A las dos de la mañana yo me escapé al baño. Me senté en el banco frente al espejo y me solté el moño del vestido un rato. Llevaba todo el día cargando peso. Tocaron la puerta.
— Soy yo. Ana. ¿Estás bien?
Le abrí.
Entró y cerró la puerta. Dejó la cámara en el lavabo.
— Pareciera que necesitabas que alguien viniera a preguntar.
Le dije que sí. Sin pensar. Y empecé a llorar otra vez. Lloré por treinta segundos seguidos contra el vestido y ella se sentó a mi lado en el banco, sin hablar, sin tocarme. Solo eso — quedarse. Cuando paré, ella me pasó un kleenex que había sacado de algún bolsillo invisible.
— ¿Por qué lloras?
— No lo sé.
— Sí lo sabes.
Y la verdad es que sí lo sabía, pero no me lo había dicho a mí misma todavía.
Lo que pasó después no es lo que estás pensando. No nos besamos. No me tocó. Lo único que pasó fue que ella se inclinó hacia mí — apenas, dos centímetros, los suficientes para que yo pudiera ver una peca pequeña que tenía debajo del ojo izquierdo — y dijo:
— Si algún día decides que quieres otra cosa, búscame. Te voy a estar esperando.
Y se levantó, agarró su cámara, y se salió.
Volví a la fiesta. Bailé con Patricio. Brindé con mis suegros. Me reí de los chistes de mi tío. A las cinco de la mañana subimos al cuarto del hotel y Patricio se durmió en treinta segundos. Yo me quedé despierta hasta el amanecer pensando en una mujer que apenas conocía y que me había dicho cinco palabras que se me quedaron clavadas como agujas.
Me casé hace cinco años. No me he buscado a Ana. No la he ido a ver. La sigo en redes — tiene una pareja, ahora. Una mujer que vive en Querétaro, según las fotos. Se ve feliz.
A veces, cuando Patricio se va de viaje, abro las fotos de mi boda y me detengo en la del beso. La que está enfocada desde abajo. Y veo lo que ella vio. Vi a una mujer que estaba diciendo sí con la boca y no con la espalda.
Patricio nunca lo notó. Mi mamá nunca lo notó. Mis amigas se la pasaron diciéndome que las fotos eran las más hermosas que habían visto.
Yo lo noté. Y Ana lo notó. Y las dos cosas no son contradictorias.