Mariana tiene 58 años y ha sido amiga de mi mamá desde 1998. Ese domingo de octubre llegó al brunch con un vestido azul de lino y un olor a jazmín que me hizo voltear desde la cocina. Mi mamá no se dio cuenta. Mariana sí.
La amiga de mi mamá
La amiga de mi mamá se llama Mariana. Tiene cincuenta y ocho años y se sienta a la izquierda de mi mamá en todos los brunches de las amigas desde 1998. Es divorciada — divorciada hace tanto tiempo que ya nadie pregunta por el ex — y tiene una hija que vive en Madrid con un irlandés que toca jazz.
Mi mamá la quiere mucho. Mariana es como mi otra hermana, pero más bonita. Eso lo dice mi mamá enfrente de Mariana y Mariana se ríe y le da un beso en la frente y mi mamá se ríe también.
Yo tengo treinta y cuatro y vivo a tres cuadras de la casa de mis papás. Ese domingo de octubre fui al brunch porque mi mamá me llamó a las nueve diciéndome mija, vente, hoy hay menos gente.
Brunch en casa de mi mamá es un ritual que tiene reglas. La mesa se pone con mantel blanco. Se sirve fruta primero. Después, tortilla española. Después, conchas y café. Las mujeres hablan de los hijos, de los esposos, de los viajes, y luego — alrededor del tercer café — empiezan a hablar de las cosas que importan.
Ese domingo Mariana llegó tarde. Llegó después de mi tía. Tenía un vestido azul claro de lino, sandalias de plataforma, y un olor a jazmín que me hizo voltear desde la cocina cuando entró. Me dio un beso en la mejilla — el mismo beso que me ha dado cada domingo de mi infancia — pero ese día yo lo sentí distinto. Ese día lo sentí.
Mi mamá no se dio cuenta. Mi tía tampoco. Mariana sí.
— Te ves bien, mija.
Yo tenía una camiseta blanca y unos jeans. No me había peinado.
A la una mi tía se tuvo que ir. Mi mamá me pidió que la acompañara a comprar pan a la panadería de la esquina. Yo le dije yo voy, tú quédate. Mi mamá me lo agradeció — le dolían las rodillas ese día — y se quedó en la sala con Mariana.
Mariana se levantó a las dos. Te llevo, mija, voy hacia tu rumbo. Mi mamá me miró sin entender — yo vivía a tres cuadras — pero asintió.
Subí a su coche. Mariana manejaba un Audi gris claro, todo limpio por dentro, con un libro de Cristina Rivera Garza en el asiento de atrás. Manejó las tres cuadras a velocidad de medio kilómetro por hora. Cuando llegamos a mi puerta, no apagó el motor.
— ¿Quieres pasar? — le pregunté.
Ella me miró. Tenía los ojos cafés con un anillo verde alrededor de la pupila, una arruga vertical entre las cejas que se le profundizaba cuando estaba pensando algo importante. Se quedó pensando algo importante.
— Mija, llevo treinta años conociendo a tu mamá.
— Lo sé.
— Y a ti te conocí cuando tenías cuatro años.
— Lo sé.
Apagó el motor.
Subimos en silencio. Mariana se sentó en el sillón. Yo le serví un vaso de agua con limón. Cuando se lo di, me quedé un momento de pie frente a ella. Ella me agarró la mano que no tenía el vaso y me la subió hasta su mejilla. La sostuvo ahí. Nada más.
— Mija.
— Sí.
— ¿Tú sabes lo que estás haciendo?
Le dije que no. Le dije que tampoco sabía si quería saber.
Estuvimos en mi sala hablando hasta las cinco de la tarde. Sobre todo de ella. De su divorcio. De la hija en Madrid. De por qué nunca volvió a casarse. De su mejor amiga de Guadalajara que murió en 2019 y a quien Mariana llamaba la otra mitad. Yo entendí, mientras hablaba, que Mariana había estado enamorada de esa amiga toda su vida. Y que su amiga lo había sabido. Y que nunca había pasado nada entre ellas tampoco.
A las cinco se levantó. Me besó la frente. Cuídate, mija. Te quiero mucho. Y se fue.
Han pasado cinco semanas. Mariana sigue yendo a los brunches. Me da el mismo beso de cada domingo. Cuando coincidimos en la cocina, ella me toca la espalda al pasar. Una sola vez. Dos segundos. Y mi mamá nunca lo nota porque está sirviéndole café a alguien.
No ha vuelto a pasar nada. Pero hay algo entre las dos que ya no se puede deshacer.
Mi mamá me dijo el otro día oye, ¿tú crees que Mariana se sienta sola a veces? Le dije que probablemente sí. Mi mamá se quedó pensando y dijo deberíamos invitarla más seguido.
Yo le dije que sí.
— Sin firma. Ciudad de México.