Aprendió a nadar a los 42, ocho meses después del divorcio. El agua siempre supo sostenerla; la que no sabía era ella.
Flotar
Aprendí a nadar a los cuarenta y dos años, ocho meses después de mi divorcio, en una alberca pública con olor a cloro y a torta de jamón.
Toda la vida dije que le tenía miedo al agua. Era mentira a medias. Le tenía miedo a que me vieran: los brazos, la panza de dos embarazos, el traje de baño negro comprado a escondidas como si fuera contrabando. Le tenía miedo a ser la señora que no sabe, rodeada de niños de seis años que atraviesan la alberca como pescaditos insolentes.
La maestra se llamaba Reyna. Sesenta y tantos, hombros de nadadora vieja, cero paciencia para mis disculpas.
— ¿Usted qué hace cuando algo le da miedo? — me preguntó el primer día.
— Lo evito — le dije, honesta.
— Ah — dijo —. ¿Y cómo le ha ido con eso?
Me metí al agua.
Tres clases enteras me las pasé agarrada del borde, caminando como cangrejo, mientras Reyna me decía suelte, señora, suelte y yo no soltaba nada porque llevaba años sin soltar nada: ni el borde, ni el matrimonio, ni la idea de que ya estaba grande para empezar cosas.
La cuarta clase, Reyna se cansó de mí. Me puso una mano abierta debajo de la espalda, así, como se sostiene algo que vale, y me dijo: acuéstese en el agua. Yo el cielo lo vi torcido, el corazón se me fue a la garganta, las orejas se me llenaron de ese silencio raro que hay debajo.
— La voy a soltar — dijo.
— No — dije yo.
Ya me había soltado.
Y no me hundí.
Eso fue todo. Ese es el chisme completo: una señora de cuarenta y dos años flotando en una alberca pública un martes a las siete de la tarde. Nadie aplaudió. Los pescaditos insolentes siguieron en lo suyo.
Pero yo me quedé ahí, mirando el techo de lámina, los brazos abiertos como si el agua y yo por fin hubiéramos firmado las paces, y entendí una cosa que me ha servido para todo lo que vino después: el agua siempre supo sostenerme.
La que no sabía era yo.
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