Velorio de mi tío abuelo en San Pedro. Diego — exnovio de los 22 — vuelve de San Francisco después del divorcio. Catorce años después.
El velorio de Don Manuel
Don Manuel se murió un jueves de mayo a las cuatro y diez de la mañana. Tenía ochenta y siete años. Era mi tío abuelo. La fiesta de la familia entera lo enterró el domingo en el panteón francés. El velorio fue en la casa de mi tía Susana en San Pedro, sábado, de seis de la tarde a la una de la mañana.
Lo único que voy a contar de Don Manuel — porque la historia no es de él — es que tenía cuatro hijos, doce nietos, y veintidós sobrinos nietos, y todos llegamos al velorio menos los dos primos que viven en Australia. Llegamos los demás. Y entre los demás llegó Diego.
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Diego y yo fuimos novios entre los diecinueve y los veintidós años.
Universidad. Diego estudiaba Economía en el ITESM Monterrey. Yo estudiaba Comunicación en el mismo campus. Nos conocimos en una práctica de tenis. Estuvimos tres años. Nos íbamos a casar. Yo tenía ya escogido el vestido — cuello halter, tafetán crudo, una cosa que mi mamá quería matarme por escoger.
A los veintidós años Diego se fue a Stanford a hacer un Master en Finanzas y yo me quedé. Nos prometimos esperarnos. Esperamos seis meses. Después él me llamó una noche, lloró, me dijo que había conocido a una alumna de tres años más que se llamaba Caroline y que la cosa era seria. Yo lo perdoné por teléfono. Él me dijo que iba a volver en navidad para hablar conmigo en persona. Volvió. Hablamos. Lo dejé ir.
Diego se casó con Caroline en San Francisco a los veintinueve años. Yo iba para entonces a casarme con Pablo, mi esposo actual, en un mes.
No volvimos a hablar.
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Eso fue hace catorce años.
Diego no había vuelto a México. Bueno, sí — venía dos veces al año a ver a su mamá, que es mi tía segunda. Pero cuando él venía, mi mamá se ocupaba de que yo no estuviera. Mi mamá es así. Yo nunca le dije que se ocupara. Ella sola lo decidió.
Caroline y Diego tuvieron dos hijos en San Francisco. Hace dos años Caroline lo dejó por un colega más joven. Diego se quedó con la mitad del departamento de Pacific Heights y la custodia compartida cada quincena. Eso lo supe por mi prima Renata. Yo nunca le pregunté.
Pablo y yo no tenemos hijos. Llevamos doce años casados. La razón es complicada. La razón corta es que él dijo “después” cinco años seguidos y yo dejé de pedirlo.
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El sábado, en el velorio de Don Manuel, llegué a las siete y veinte de la noche con Pablo.
Llegamos tarde porque Pablo tenía una reunión que se había alargado. Saludé a la familia entera. Le di el pésame a mi tía Susana. Comí dos hojaldras.
A las nueve, Pablo se sentó en el patio con tres tíos a fumar puro y tomar mezcal. Yo me fui a la cocina a ayudarle a mi tía Lucía a calentar tamales para la sobremesa de medianoche.
Diego entró a la cocina a las diez y siete.
— ¿Te acuerdas de mí?
Lo recordaba. Cómo no.
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Hablamos de pie junto al horno por treinta minutos.
Catorce años. La voz de él era la misma. Los ojos del mismo color verde. El pelo más corto, con dos canas en la sien izquierda. Las manos un poco más grandes, o así me las imaginé.
Diego me preguntó por Pablo. Le dije que estaba en el patio con los tíos. Le pregunté por sus hijos. Me contó del mayor que iba a entrar a Cal Berkeley en otoño. Me preguntó qué hacía yo. Le dije que había abierto una galería pequeña en San Pedro hace cinco años con dos socias.
— Yo te seguía en LinkedIn — me dijo —. La galería se ve bonita. Lo que pones está bien escogido.
— Yo te seguía en Instagram — le dije —. Hasta que dejaste de subir cosas hace dos años.
— Cuando se fue Caroline.
— Lo sé.
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Los dos sabíamos lo que iba a pasar a las once.
Mi tía Susana tiene una casa de dos pisos. La planta baja estaba llena de gente. La planta alta tenía cuatro recámaras. La de huéspedes — la del fondo, la que da al jardín — tiene una ventana grande. Diego conocía esa casa desde niño. Yo conocía esa casa desde niña.
A las once cero seis, Diego me dijo:
— Voy a subir al baño.
Yo le dije:
— Sube.
Diez minutos después, yo le dije a mi tía Lucía que tenía que llamar a Pablo desde un cuarto silencioso porque la casa hacía mucho ruido. Subí al segundo piso. Caminé hasta el final del pasillo. La puerta de la recámara de huéspedes estaba entreabierta.
Diego estaba sentado en la cama con los zapatos en los pies y la corbata floja. Cuando entré, cerró la puerta con seguro. Se quitó los zapatos.
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Lo que pasó esa noche no se cuenta como pasó. Se cuenta así.
Diego me besó como un hombre que llevaba catorce años practicando ese beso en su cabeza. Despacio. Sin prisa. Como si supiera que tenía media hora antes de que alguien preguntara dónde andaba la sobrina de Don Manuel.
Catorce años de matrimonio con Pablo me habían enseñado el amor responsable. Pablo y yo hacíamos el amor con respeto, con eficiencia, con cariño. Esa noche en la cama de huéspedes de mi tía Susana — con un velorio abajo, con cuarenta primos sirviéndose tamales, con mi esposo tomándose el quinto mezcal con sus suegros — Diego me hizo el amor con algo que no era ninguna de esas tres palabras.
Era reclamo. Era recuperación. Era catorce años de “y si.”
Cuando terminó, no me soltó. Se quedó conmigo, encima, con los labios contra mi cuello, callado. Yo escuché la fiesta a través del piso de madera. Alguien gritó algo. Alguien se rió. Alguien puso un disco de José José.
Diego me dijo, sin separarse:
— Si me dices que me quede, dejo San Francisco mañana. Vendo todo. Me regreso a Monterrey. Lo que tengo allá no es vida.
Yo le contesté, con los ojos cerrados, en su oído:
— Y si yo te digo que me lleve, yo dejo a Pablo el lunes. Le explico todo. Y vuelvo a tener veintiún años.
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Diego no me dijo que me quedara. Yo no le dije que me llevara.
Nos vestimos a las once cuarenta y cinco. Bajamos uno a la vez. Yo bajé primero. Pablo seguía en el patio, ya con el sexto mezcal, riéndose de un chiste que Tío Roberto le estaba contando. Lo besé en la mejilla.
— ¿Cómo va? — me preguntó.
— Bien — le dije —. Mi tía Lucía me tuvo en la cocina.
Diego bajó cinco minutos después. Saludó a Pablo con una mano fuerte de cuñado distante. Pablo le preguntó por Stanford. Diego le contestó que ya hacía tiempo de eso. Los dos se rieron.
A las una de la mañana, Pablo y yo nos despedimos. Manejamos a la casa por la Diagonal. Pablo me preguntó cómo estaba Diego. Le dije que igual.
Esa noche, dormí pegada a Pablo como hace doce años.
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Eso fue hace siete meses.
Diego volvió a San Francisco el lunes. Vende su mitad del departamento en agosto, según mi prima Renata.
Yo sigo casada con Pablo. Sigo sin hijos. Sigo dirigiendo la galería en San Pedro con mis dos socias.
Diego me escribió un correo electrónico hace tres meses — uno solo, una página —, en el que me decía que lo que había pasado en el velorio había sido lo último o lo primero, que él lo iba a respetar, pero que si yo cambiaba de opinión él iba a estar en el mismo número que tenía a los veintidós años.
Yo le contesté con cuatro palabras: “no cambio de opinión.”
Pero todos los lunes a las once de la noche, después de que Pablo se duerme, yo abro el correo de Diego y leo esa página. La leo entera.
La frase que más leo es la última.
Estaré aquí siempre, Andrea.
La leo, cierro el correo, y duermo otras cinco horas pegada a mi esposo.