A los 61, con las manos en el barro de Oaxaca, descubrió que se podía volver a enamorar. Y que era de una mujer.
El taller de cerámica
A los sesenta y un años, con las manos metidas en el barro de un taller en Oaxaca, descubrí que me podía volver a enamorar. Y que esta vez era de una mujer. Y que el mundo, contra todo lo que me habían enseñado, no se cayó.
Me apunté al taller porque enviudé y mis hijas insistieron en que "hiciera algo". Lo decían con esa mezcla de amor y susto que tienen los hijos cuando ven a su madre quieta. Escogí cerámica porque sonaba inofensivo: una señora amasando barro, qué peligro puede haber ahí.
Se llamaba —se llama— Remedios. Sesenta y cuatro, viuda también, manos fuertes de haber hecho de todo, una risa que se oía desde la calle. El primer día me enseñó a centrar el barro en el torno, que es lo más difícil: si el barro no está centrado, todo lo que construyas encima se tuerce y se cae. Me puso las manos sobre las manos para enseñarme la presión justa.
No sentí nada raro. Eso es lo que quiero que entiendan: no hubo un rayo. Hubo, durante semanas, nada más una mujer que me caía muy bien y con la que el martes y el jueves se me iban volando.
Lo raro empezó despacio, como empiezan las cosas verdaderas. Me descubrí arreglándome para ir al taller. Me descubrí guardando las anécdotas del día para contárselas a ella. Me descubrí, una noche, despierta a las tres de la mañana pensando en su risa, y diciéndome a mí misma "es una amiga, es una amiga", como quien tapa el sol con un dedo cada vez más chiquito.
A los sesenta y un años no tenía ni el vocabulario. Mi generación no hablaba de esto. En mi pueblo, en mi casa, en mi iglesia, esto sencillamente no existía, y si existía era una desgracia que les pasaba a otros, lejos. Así que estaba sintiendo algo enorme con un diccionario que no traía la palabra.
Fue ella la que lo nombró, una tarde, las dos solas limpiando los tornos, con esa franqueza que da haber vivido mucho. Me dijo, sin soltar el trapo, mirando el barro y no a mí: "Yo a mi edad ya no tengo tiempo para fingir que no me gustas. Si me equivoco, me lo dices y seguimos siendo amigas y aquí no pasó nada. Pero no me equivoco, ¿verdad?"
No me equivocaba ella.
Lo que sentí no fue deseo primero. Fue alivio. Un alivio que me dobló, como cuando sueltas un peso que cargaste tanto tiempo que ya creías que era parte de tu cuerpo. Sesenta y un años fingiendo —ni siquiera ante los demás: ante mí misma— y de repente una mujer con las manos llenas de barro me daba permiso de dejar de fingir.
Lo demás vino después, y vino con una ternura que no esperaba a esta edad: dos cuerpos que ya no son jóvenes, que conocen la pérdida, que no tienen prisa ni nada que probar. Descubrí que el deseo a los sesenta no es menos. Es distinto. Es más paciente, más agradecido, menos asustado.
Mis hijas tardaron en entender. Una lo abrazó rápido; la otra todavía está en el camino, y la espero con cariño, sin empujar. El pueblo habla, supongo. Ya no me importa lo que no me da de comer ni me toma la mano.
Tengo sesenta y un años y aprendí dos cosas en ese taller. La primera, a centrar el barro: si la base no está centrada, todo lo que construyes encima se tuerce. La segunda, que apliqué tarde pero apliqué: que yo había vivido sesenta años descentrada, construyendo una vida encima de una base que no era la mía, y que nunca es tarde para volver a poner las manos en el barro y empezar, por fin, centrada.
Remedios y yo hacemos tazas feas y nos reímos de ellas. Tomamos café en las tazas feas cada mañana. A veces la felicidad tiene esa forma: dos viudas, dos tazas chuecas, un sol de Oaxaca, y ninguna de las dos fingiendo ya nada.