Hay cosas que no le cuento a mi mejor amiga aunque sea quien me las enseñó. Esta es una. Camila tiene treinta y cinco años, dos hijos chiquitos, un esposo bueno, y un cajón al lado de su cama…
El permiso
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Hay cosas que no le cuento a mi mejor amiga aunque sea quien me las enseñó. Esta es una.
Camila tiene treinta y cinco años, dos hijos chiquitos, un esposo bueno, y un cajón al lado de su cama que ella llama, con toda naturalidad, el cajón de las cosas que sirven. Lleva cinco meses con su vibrador. Me lo contó en septiembre en una comida de sábado en el restaurante de la Roma al que vamos siempre. Lo dijo entre el segundo aperol spritz y el pulpo. Dijo, exactamente: Re, te juro, los mejores ochenta dólares que he gastado desde la lavadora. Yo me reí. Pensé que exageraba.
Yo tengo treinta y tres. Vivo sola. Estoy divorciada de Andrés desde hace dos años. He salido con cuatro hombres desde el divorcio. Dos de ellos llegaron al cuarto y luego no llegaron a nada más. La cosa de mi cuerpo con un hombre nuevo es complicada — me toma meses confiar y los hombres que he conocido desde el divorcio no se han quedado meses, ninguno.
Pero esto no es una historia del divorcio. Esto es una historia de lo que pasó en mi propia casa entre el miércoles que ordené el paquete y el sábado siguiente que finalmente lo usé.
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Pasaron dos semanas entre la comida con Camila y el momento en que abrí la app de Amazon en mi cama un miércoles a las once y diecisiete de la noche. Dos semanas que no fueron dramáticas, solo lentas. En esas dos semanas pensé en la conversación cuando estaba en el coche manejando al trabajo. Pensé en la conversación cuando estaba lavando los platos. Pensé en la conversación cuando estaba en la regadera. Cada vez que pensaba, pensaba menos Camila exagera y más Camila probablemente no exagera.
El miércoles abrí la app y busqué la marca que ella había mencionado. Aparecieron veintidós opciones. Pasé cuarenta minutos eligiendo entre ellas como si estuviera escogiendo lavadora. Leí reviews. Comparé especificaciones. Aprendí palabras nuevas — frecuencia, presión, modo de pulso — que no había sabido nunca que existieran como categoría de compra. Elegí uno color rosa pálido, dos modos, recargable, ochenta y siete dólares. Confirmé el pedido. Cerré la app. Apagué la luz.
Dormí mejor esa noche que cualquier noche de las dos semanas anteriores.
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El paquete me llegó el viernes a las once y media de la mañana. Llegó en una caja amarilla de Amazon con un código de barras y nada que indicara qué traía adentro. Lo agarré del recibimiento como si fuera un libro y subí a mi cuarto. Lo dejé en el escritorio. Salí a comprar la comida porque el lunes había prometido a mi mamá que iba a cocinarle.
Volví a las tres. La caja amarilla seguía en el escritorio. La miré pero no la abrí. Esa noche tuve cena con una amiga. La caja amarilla seguía en el escritorio cuando volví. La miré pero no la abrí.
El sábado en la mañana hice ejercicio. Comí. Hablé por teléfono con mi mamá. La caja amarilla seguía en el escritorio. La miré dos o tres veces.
Lo que estaba haciendo, sin saberlo, era darme tiempo. Una se acostumbra durante años a cuidarse de saber qué quiere. Yo me había cuidado treinta y tres años de saber qué quería. La caja amarilla era una cosa que yo había decidido querer, y mi cuerpo, todavía no entrenado, necesitaba tres días para creérselo.
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Abrí la caja el sábado a las nueve y veintidós de la noche. Saqué el vibrador rosa pálido de la caja y el cargador y un instructivo en cuatro idiomas. Lo cargué dos horas. Me bañé. Me puse pijama. Me serví un vaso de vino tinto. Apagué la luz principal y dejé solo la lámpara del buró encendida. Me acosté.
Lo primero que aprendí — antes de saber qué quería con esa cosa — fue que la cosa vibraba más fuerte de lo que yo había imaginado. Probé los modos en la palma de mi mano primero, como si estuviera probando una crema en el dorso antes de ponérmela en la cara. Riendo un poco sola.
Después me lo llevé a donde sabía que se llevaba. La primera sensación fue rara — más eléctrica que erótica. La segunda fue distinta. La tercera fue cosa que no se explica.
Lo que aprendí en los siguientes veinte minutos sobre mi propio cuerpo no se lo había enseñado nadie en treinta y tres años. No Andrés. No los cuatro hombres después del divorcio. No yo misma. Aprendí — para usar la frase exacta de Camila — que mi cuerpo sí servía. Aprendí dónde, cómo, cuánto, y por cuánto tiempo. Aprendí que la combinación de la presión y la velocidad eran cosas que yo podía calibrar y que la calibración importaba más que cualquier otra cosa que un hombre me hubiera hecho.
Acabé tres veces seguidas. La tercera vez la decidí — la primera y la segunda fueron como cosas que pasaron, la tercera fue una elección. Me reí sola después porque no había sabido que se pudiera decidir.
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Cuando terminé apagué la cosa. La limpié según el instructivo. La puse en el buró al lado del libro que estaba leyendo. Me serví un poco más de vino. Me quedé acostada un rato pensando en nada en particular.
Esa noche dormí ocho horas seguidas. Llevaba meses sin dormir ocho horas seguidas. Una se acostumbra a no dormir bien y empieza a creer que el insomnio es parte del paquete. No es. El insomnio es el cuerpo diciéndote que algo le debes y no le pagas.
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Esa noche, recostada y sin sueño todavía, lo que llevaba dos años haciendo se me ordenó por primera vez. Había estado esperando a sentirme lista. Lista para volver a salir con alguien serio. Lista para dejar de extrañar a Andrés. Lista para querer cosas nuevas. Y mientras esperaba a estar lista, el resto de mi vida se iba acumulando alrededor de mí en forma de cosas pequeñas que no me daba.
Las mujeres como yo aprendemos a esperar el permiso. Esperamos que un hombre nos lo dé. Esperamos que la edad nos lo dé. Esperamos que la madurez emocional nos lo dé. Esperamos que algo de afuera nos diga ahora ya, ahora puedes.
Esa caja amarilla no me había dado permiso para nada. La caja amarilla solo había hecho llegar la cosa. El permiso me lo di yo cuando me serví el vino, cuando apagué la luz, cuando me acosté con el cuerpo a punto de aprender lo que llevaba treinta y tres años sin aprender.
A Camila no le he contado nada. No porque sea vergonzoso — porque la cosa esa de que el permiso te lo das tú es muy difícil de explicar cuando todavía la estás aprendiendo.
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Llevo cuatro meses con la cosa rosa pálido en el buró al lado del libro que estoy leyendo. Sigo saliendo con hombres ocasionalmente. Sigo sin encontrar uno que se quede. Pero algo cambió entre la mujer que se acostaba a las once y diecisiete de la noche de un miércoles a ordenar una cosa nueva y la mujer que se acuesta ahora.
La diferencia es que ahora yo sé qué quiero. Sé qué presión. Sé qué velocidad. Sé por cuánto tiempo. Y cuando aparezca un hombre que se quede, ya no voy a llegar a la cama con él pidiéndole que adivine. Voy a llegar sabiendo.
— Sin firma. Roma.