Sobremesa de domingo en San Pedro. M. me cuenta lo del padrino de su hija. Lo que pasó la semana que su esposo se fue a Monterrey.
El padrino de mi hija
Esto me lo contó M. una tarde de domingo en San Pedro, cuando ya el mole se había enfriado y los hombres se habían ido al patio a fumar. Llevábamos tres horas en la mesa. Ella, mi prima Lucía, y yo. La botella de vino tinto a la mitad. Mi prima se había quedado dormida en el sillón con el café entre las manos. M. me miró, soltó un suspiro de los que no se sueltan en cualquier compañía, y dijo:
— ¿Te puedo contar algo?
Le dije que sí. Como se dice que sí.
Lo que viene es lo que me contó esa tarde. Ella me dio permiso de escribirlo siempre y cuando le cambiara el nombre, la ciudad, el coche del esposo, y el nombre del niño. Hice todo eso. Lo demás es como pasó.
—
Sí. Sé lo que estás pensando. Espérate.
Llevo ocho años casada con Diego. Lo conocí en la prepa y nos dimos al primer beso a los diecisiete, en una posada en Garza García, y nos casamos a los veinticinco como Dios y mi mamá lo querían. Tenemos una hija, Sofía, que va a cumplir cinco en marzo. Vivimos en una casa que es bonita pero no es nuestra: la heredé. Mi suegra dice que tenemos suerte. Yo digo que sí, porque eso es lo que se dice en sobremesa.
El padrino de mi hija se llama Ricardo. Era amigo de Diego desde la primaria — desde antes de mí, antes de Sofía, antes de todo. Cuando nació la niña, Diego me dijo “tiene que ser Ric” y yo dije “claro” porque en ese momento no había nada que decir.
Ric siempre fue parte de la familia. Venía a las navidades. Lloró en mi boda más que mi propio papá. La primera vez que Sofía dijo una palabra completa fue “Ric” y a Diego le dio risa de buena gana porque así se quieren los compadres. Yo también me reí. Era nuestro mejor amigo.
Hace diez meses la esposa de Ric lo dejó. Se llamaba Andrea. Yo la quería bien. Lo dejó por un compañero de la oficina y se llevó al perro. Ric se quedó en su departamento de Polanco, con las paredes vacías, mirando una pantalla que ya no se prendía porque ella se había llevado el control. Diego me dijo “lo voy a invitar a comer los domingos un rato, mientras se le pasa.” Yo le dije “claro.” Y Ric empezó a venir.
Las primeras tres comidas no pasó nada. Bueno, pasó lo de siempre. Ric llegaba con una botella de vino, hablaba con Diego del fútbol, jugaba con Sofía treinta minutos en el patio, comía dos platos de lo que yo cocinara, y se iba a las cinco. Como un domingo cualquiera. Como un compadre.
La cuarta comida fue la del 14 de enero. Lo recuerdo porque ese sábado Sofía se había caído de la bici y traía una venda en la rodilla. Y porque Diego se quedó viendo un partido de la Liga MX en la tele de la sala mientras Ric y yo estábamos solos en la cocina lavando los platos.
— ¿Me pasas el trapo? — me preguntó.
Le pasé el trapo. Nuestras manos se rozaron como nos habíamos rozado las manos cien veces antes. Pero esta vez Ric me miró. Me miró dos segundos más de lo normal. Y yo lo miré de regreso.
Tú no estabas ahí. Tú no escuchaste cómo se cerró el aire en esa cocina.
No dijimos nada. Él siguió secando un plato. Yo seguí lavando. Sofía gritó algo del cuarto y yo me fui a verla. Cuando volví a la cocina, Ric ya estaba en la sala con Diego y los dos veían el partido como si nada.
Pero nunca, nunca en mi vida, había sentido lo que sentí en esos dos segundos.
—
Las semanas siguientes fueron raras. Ric seguía viniendo los domingos. Yo seguía cocinando. Diego seguía siendo Diego. Pero algo entre Ric y yo había cambiado. Era como si los dos supiéramos algo que nadie más sabía. Nos mirábamos en momentos cortos, como ladrones que se reconocen en una multitud.
Empecé a maquillarme los domingos. Nada obvio. Un labial un poco más oscuro. La blusa que me quedaba mejor — esa azul, la que Diego nunca se da cuenta. Yo me decía que no era por Ric. Yo me decía que ya no sé si me lo creía.
Una semana de marzo, Diego tuvo un viaje de trabajo a Monterrey por tres días. Era un martes y volvía el viernes. El miércoles en la mañana sonó mi teléfono. Era Ric.
— Oye, le presté un taladro a Diego hace meses. ¿Está en la casa? Lo necesito para algo.
— Sí, está en el garaje. Pásate cuando quieras.
— ¿Tienes tiempo a las seis?
Le dije que sí. Sofía estaba en casa de mi mamá hasta el viernes — yo había aprovechado el viaje de Diego para tener tres días de no ser mamá ni esposa de nadie. Cuando colgué el teléfono, sabía. Sabía como sabes cuando vas a hacer algo que no debes hacer y aun así te peinas y eliges los aretes correctos.
Ric llegó a las seis y dos minutos. Trae unos jeans oscuros y una camisa azul. Olía a un perfume que no era el de los domingos. Le abrí la puerta y los dos sabíamos por qué estaba ahí. El taladro estaba en el garaje. Nadie habló del taladro.
— ¿Quieres una cerveza? — le pregunté.
— No.
Esa fue la única palabra que dijo en el primer minuto. Después caminó hacia mí, despacio, como si me estuviera pidiendo permiso con cada paso. Yo no me moví. Cuando llegó a donde yo estaba, levantó la mano y me apartó el pelo de la cara con dos dedos.
— Si me dices que no, me voy ahorita y nadie tiene que saber nada — me dijo.
No le dije que no. Le dije:
— Llevo dos meses pensando en esto.
Y él dijo:
— Yo llevo ocho años.
—
Lo que pasó esa noche no se cuenta como pasó. Se cuenta así.
Me besó como quien lleva años practicando en su cabeza. Despacio. Como si quisiera saber a qué sabía mi boca antes de tomarla. Y yo lo dejé. Cuando me empujó contra la mesa de la cocina sentí el frío del granito en la espalda y la blusa azul que me había puesto para él cayó al piso como si nunca hubiera importado.
Era el padrino de mi hija. Sí. Espérate.
Sus manos sabían cosas que las manos de Diego nunca habían sabido. No las que se aprenden en los libros — las que se aprenden con una mujer que se quedó a quererte mucho tiempo. Andrea le había enseñado bien. Y yo me beneficié esa noche de cada conversación que él había tenido con ella sobre lo que le gustaba a una mujer.
Me recorrió como quien lee una carta de amor que tenía guardada años. Despacio, párrafo por párrafo, sin saltarse nada.
Cuando me cargó al sofá del estudio — el sofá donde Diego se queda dormido viendo el fútbol — me sentí más viva que en los ocho años que llevaba casada. Y luego me sentí mal. Y luego no me importó.
A las once de la noche, Ric se vistió sin prender la luz. Yo seguía en el sofá envuelta en la cobija que tenía bordadas las iniciales de Diego y mías — un regalo de boda de mi tía Carmen. Ric me miró desde la puerta antes de salir.
— Mañana mismo no podemos hacer esto.
— Lo sé.
— Pero lo vamos a hacer.
— Lo sé.
Cerró la puerta sin ruido. Me quedé sola en mi propia casa, en mi propio sofá, oliendo a un hombre que no era mi marido, mirando una foto de mi hija con el padrino que la cargaba sobre los hombros.
Esa noche dormí en la cama matrimonial. La cama de Diego. Y dormí mejor que en años.
—
Eso fue hace seis meses.
Llevamos seis meses. Nos vemos los miércoles en un Airbnb en la Roma — Ric paga, yo invento juntas con clientes. Diego no sabe. Mi suegra no sabe. Mi mejor amiga no sabe. Sofía no sabe. Sofía sigue llamando “tío Ric” al hombre que la quiere como un padre y que duerme conmigo todos los miércoles que él puede salir del trabajo.
Cada vez que veo a Ric en la mesa familiar — cada navidad, cada cumpleaños, cada domingo — se me corta la respiración un segundo cuando él me pasa la sal y nuestras manos se rozan como hace dos años. Y luego sigo sirviendo el postre.
No sé cómo va a terminar esto.
Sé que un día Diego va a entrar a esa cocina cuando yo no esté esperando. Sé que un día mi teléfono se va a quedar sin batería en el lugar equivocado. Sé que algún día Sofía va a crecer y a entender por qué su madrina de pronto se enojó tanto cuando se acabó el matrimonio entre tío Ric y la tía Andrea, y por qué después de eso la madrina nunca volvió a llamar.
Pero también sé esto: si el miércoles me llama Ric, voy a cancelar la junta del cliente. Voy a manejar a la Roma. Y le voy a abrir la puerta del Airbnb sabiendo que estoy haciendo algo que no debo y aun así peinándome el pelo del lado correcto, eligiendo los aretes correctos, oliendo al perfume que no me pongo en la casa.
Se llama Coco Mademoiselle. El de la botella cuadrada. Diego no se lo sabe porque a Diego no le importa.
—
Eso fue lo que me contó M. esa tarde de domingo en San Pedro. Cuando terminó, no me preguntó si yo la juzgaba. No lloró. Sirvió otra copa de vino y miró por la ventana hacia el patio, donde su esposo y el padrino de su hija estaban riéndose juntos de algo, los dos con cervezas en la mano, mientras Sofía corría entre los dos persiguiéndose con un palo.
Mi prima seguía dormida en el sillón.
— ¿Qué vas a hacer? — le pregunté a M.
Ella se quedó callada un rato. Mucho rato. Después respondió.
— Hoy es domingo. El miércoles veré a Ric. Lo demás no lo sé.
Me terminé el vino. Ya casi era hora de irme. Antes de levantarme, M. me agarró la muñeca un segundo. Suave. Como una hermana.
— Si lo cuentas, cámbiame el nombre.
—
Le cambié el nombre.
Lo demás es como pasó.