Sábado en El Rincón del Pan. Adrián con Mariana Enríquez. El Airbnb en Sinaloa que él rentó hace cuatro semanas.
El nuevo jefe — Capítulo 5: El Rincón del Pan
El Rincón del Pan está en la calle Querétaro entre Mérida y Orizaba. Cuatro mesas adentro. Cinco mesas afuera, en la banqueta, debajo de un toldo verde olivo. Vivir en Roma Norte significa caminar a este lugar tres calles desde mi departamento. Lo conozco desde hace tres años. Se sirve el café con leche en taza grande de cerámica turquesa. El pan se llama de los hermanos Acosta — los hace una panadería de Coyoacán y los lleva a la Roma a las cinco de la mañana.
Adrián estaba sentado en la mesa de la esquina cuando llegué. Mesa para dos. Toda Roma Norte vacía a las nueve y media de la mañana de un sábado. Él tenía un café con leche puesto y un libro abierto bocabajo en la mesa.
—
El libro era el último de Mariana Enriquez. La portada negra, el lomo rojo. Ya leído por la mitad.
Yo me senté frente a él. No nos saludamos con beso porque no éramos amigos. No nos saludamos con apretón de mano porque ya no éramos jefe y empleada — bueno, esa segunda cosa todavía la éramos pero no la queríamos ser. Nos saludamos con la cabeza, como dos personas que ya saben demasiado de la una a la otra como para pretender lo contrario.
Adrián me dijo:
— ¿Qué quieres tomar?
Le dije:
— Un grande, dos shots adicionales, leche entera.
Adrián se rió esa risa baja.
— Tomas como un hombre.
— Tomo como una mujer cansada — le dije, repitiendo la frase del Starbucks de hace ocho semanas.
Adrián hizo señal a la mesera. Le pidió mi café. Después me dijo:
— Yo había pedido un libro. ¿Lo conoces?
Le dije que sí. Que había leído los cuentos pero no la novela.
— ¿La quieres? — me preguntó.
— ¿Vas a leerla?
— Voy en la página ciento veinte. No es para mí. Demasiado feliz para Mariana Enríquez.
Yo me reí. Y entendí que esa era su manera de regalarme el libro.
—
A las once y media de la mañana, Adrián cerró su libro y me miró.
Habíamos hablado dos horas. La mesera había venido tres veces a llenar el café. Había comido yo un volován de jamón con queso y él dos conchas. Habíamos hablado de:
Mi infancia en Coyoacán. Mi mamá que pintó cuadros mientras yo crecí. Mi papá que trabajó en banca para pagar los cuadros. Mi hermano mayor que vive en Hamburgo. La razón por la que estudié comunicación. Por qué Carlos. Por qué Tomás. Por qué la agencia. Por qué el piso once.
Él me había contado su infancia en Madrid. Sus padres divorciados. Su tía Eulalia que lo cuidó desde los doce. Por qué estudió derecho. Por qué cambió a marketing. Por qué Buenos Aires. Por qué Inés. Por qué el divorcio. Por qué CDMX.
Cuando él cerró el libro, me dijo:
— Mariana. Tengo que decirte una cosa que me costó nueve semanas decir.
Yo le dije:
— Dímela.
— Me enamoré de ti la primera junta. Cuando dijiste que la gráfica del Q3 estaba mal. Y me dije a mí mismo, no — me dije esto literalmente, en mi cabeza, lo recuerdo — esta mujer está casada. Esta mujer tiene un hijo. Esta mujer es mi reportera directa. Esta mujer no me toca.
— Pero estoy aquí — le dije.
— Estás aquí porque rompí dos de las tres reglas. La tercera la voy a romper si tú me la dejas romper.
Yo no le pregunté cuál era la tercera regla.
Adrián me dijo:
— La tercera regla es que cuando salgas hoy de este café, yo te vea a ti decidir. Si me dices que no quieres seguir, yo respeto. Vuelvo a ser tu jefe. La oficina no se va a sentir distinta.
— Estás mintiendo — le dije —. La oficina sí se va a sentir distinta.
Adrián se rió.
— Tienes razón. La oficina no va a ser igual nunca otra vez. Pero yo voy a hacer mi trabajo y tú vas a hacer el tuyo y nadie va a saber que yo me enamoré de ti hace nueve semanas.
—
A las once cuarenta yo le dije:
— Adrián.
— Sí.
— Si yo te digo que sí, ¿qué cambia?
Él se quedó callado quince segundos. La mesera había puesto la cuenta sobre la mesa hace dos minutos. Las nubes se habían movido afuera.
— Cambia que vamos a tener que aprender a ser dos personas que se aman en horas robadas. Cambia que vas a tener que decidir si lo que tienes con Carlos vale más o menos. Cambia que yo voy a tener que aceptar no ser la persona principal de tu vida — porque Tomás siempre va a serlo y eso está bien, pero también porque Carlos lo es, y eso me va a doler.
— ¿Por qué entonces?
Adrián me dijo:
— Porque la otra opción es vivir ochenta años sin haberte tenido. Y eso me parece peor.
Yo no le contesté con palabras.
Le contesté tomándole la mano sobre la mesa de El Rincón del Pan a las once cuarenta y dos minutos del sábado.
—
Caminamos juntos seis cuadras. Hasta la calle Sinaloa. Donde el Airbnb que él había rentado a su nombre desde hace cuatro semanas — cuatro semanas — esperaba con las llaves en la portería.
— ¿Llevabas cuatro semanas con un Airbnb?
— Sí.
— ¿Y nunca me dijiste?
— Si yo te lo decía, nunca venías.
Tenía razón.
Subimos al departamento.
—
Lo que pasó esa tarde no se cuenta como pasó. Se cuenta así.
Adrián me besó como un hombre que llevaba nueve semanas calculando cómo me iba a besar. Despacio. Sin prisa. Como si el cuerpo me lo conociera de memoria y solo necesitara confirmarlo.
Las nueve semanas de espera me las devolvió en seis horas.
Lo que mi esposo Carlos no me había hecho en cuatro años de matrimonio porque siempre estaba cansado, Adrián me lo hizo cuatro veces seguidas con tiempo entre cada una para que yo pudiera respirar y pensar si esto que estaba haciendo era una cosa de la que me iba a arrepentir el resto de mi vida o si era una cosa por la que valía vivir el resto de mi vida.
Decidí que valía. Después de la tercera vez. Mientras él me peinaba el pelo con una mano hacia atrás y me miraba los ojos como si me estuviera leyendo un examen final.
—
A las cinco y diez de la tarde, Adrián me llevó en taxi hasta la esquina de Roma. Me bajé. Caminé una cuadra a mi departamento.
Carlos llegó a las siete de la noche con Tomás. Me preguntó cómo había estado mi desayuno con Lupita. Le dije bien. Le dije que Lupita y yo habíamos tenido que hablar mucho del cliente del tequila y que a la una se había ido.
Carlos asintió. Calentó la pasta del miércoles. Cenamos los tres.
A las nueve, Tomás se durmió. A las diez, Carlos se durmió.
Yo me quedé despierta hasta las dos de la mañana. No por culpa. Por otra cosa.
Estaba contando cuántas horas faltaban para el lunes a las nueve.
—
A continuación: Capítulo 6 — La doble vida. Sale el jueves.
Lo de Adrián no se va a quedar en una sola tarde de sábado.
Y lo que viene en Capítulo 6 es lo que pasa cuando una mujer de treinta y un años empieza a contar las horas no por cuándo termina la semana, sino por cuándo empieza otra vez.