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INSPIRADO ENSobremesacompadre🌶️🌶️

La cena de equipo de viernes. Carlos cancelado. Dos mezcales. Roma Norte vacía a la una de la mañana. Doce segundos.

1,850 palabrasAnónima por J., 35

El nuevo jefe — Capítulo 4: La cena de equipo

La cena de equipo fue idea de Roberto. Una cena de viernes. Para celebrar el cierre del trimestre. Doce personas. Roma Norte. Restaurante italiano. Carlos no podía ir porque tenía cumpleaños de su mamá.

Yo le dije a Carlos esa misma mañana — cancelo, mejor.

Carlos me dijo:

— No, ve. Es trabajo. Yo me encargo de mi mamá. Tomás está bien con la nana hasta las once. Tú llega a la hora que llegues.

Yo asentí. Le di un beso. Le mentí cuando le dije está bien.

Llegué a la cena a las nueve.

Doce personas alrededor de una mesa larga en un restaurante en Álvaro Obregón. Roberto en una cabecera. Adrián en la otra. Yo me senté del lado de Pedro. A propósito. Pedro es director creativo y casado con una arquitecta que se llama Inés y que yo conozco — de cócteles de la agencia, de comidas. Pedro era mi escudo de la noche.

Adrián me miró cuando entré. Yo no le sostuve la mirada. Me senté junto a Pedro. Pedido el primer Aperol.

La cena fue como cualquier cena de equipo. Los hombres hablaban de fútbol. Las dos mujeres aparte de mí — Ana la de finanzas, y Lupita que había llegado de invitada porque Roberto la quería ahí — se quejaban del director nuevo de TI. Yo asentía.

A las once y media, Adrián se levantó al baño. Cuando volvió, no se sentó. Se paró detrás de mi silla y me dijo, en voz baja, sólo para mí:

— Mariana. ¿Te molesta si me siento un rato a tu lado? Quiero hacerte una pregunta de trabajo.

Pedro estaba hablando con Roberto. Yo le dije que sí.

Adrián movió la silla del que se había levantado a fumar. Se sentó a mi izquierda. Pedro estaba a mi derecha, distraído. Adrián me preguntó algo sobre el cliente del tequila — algo aburrido, técnico, una pregunta real.

Yo le contesté.

Después él hizo una pausa. Pidió un mezcal para él y otro para mí — sin preguntarme. Yo no protesté. Cuando llegaron los mezcales, él tocó el suyo contra el mío y me dijo:

— Por la mejor gerente regional que he tenido.

Yo me reí. Una risa nerviosa. Bebí.

Eran las doce menos veinte.

A la una de la mañana, la mesa se vació.

Roberto se fue primero. Pedro se fue a las doce y media. Ana se fue. Lupita se fue. Los analistas se quedaron en la barra. Adrián y yo seguíamos en la mesa, el uno al lado del otro, hablando de cosas que ya no eran de trabajo.

Le había contado de Tomás. De cómo había sido nacer madre y qué tan distinto era de todo lo que yo había imaginado. Él me había contado de Madrid. De por qué se había divorciado. Mi exmujer no quería hijos. Yo sí. Esa es toda la historia.

A la una y cinco, Adrián me dijo:

— Te llevo a tu coche. Está la calle vacía.

Yo le dije que sí.

Salimos del restaurante. Roma Norte a las una y diez de la mañana de un sábado. Llovía suave.

Mi coche estaba estacionado a tres cuadras. Caminamos. No hablamos. Adrián caminaba media pisada atrás de mí — esa cosa de hombre español que se pone atrás para que tú vayas adelante. Yo lo notaba. No le decía nada.

A media cuadra del coche, Adrián se detuvo. Yo me detuve también.

— Mariana.

— Sí.

— Voy a hacer algo. Si tú no quieres, dímelo ahora.

Yo no le contesté.

Esa fue mi respuesta. El silencio era la respuesta.

Adrián me puso la mano izquierda en la mejilla derecha. Despacio, como si yo me pudiera quebrar. Me besó.

El primer beso de Adrián de Ovando duró doce segundos.

Los conté después porque me obsesionan los números de esa noche. Doce segundos. Llovía. Roma Norte vacía. Mi coche tres metros adelante. Mi anillo en la mano izquierda apretando la correa de mi bolsa. La mano de Adrián en mi mejilla. La otra mano en la cintura. No abajo. No arriba. La cintura.

No fue un beso de los que se dan dos extraños en un bar. Fue un beso de los que se dan dos personas que llevan tres meses besándose en la cabeza una a la otra y se permitieron, por una sola vez, hacerlo de verdad.

Cuando Adrián separó la cara, no me soltó. Se quedó con la frente pegada a la mía. Me dijo, en voz baja:

— No me digas nada ahora. Manéjate a tu casa. Llámame mañana si quieres seguir hablando. Si no, los dos olvidamos esto y trabajamos como antes.

Después me soltó.

Yo abrí mi coche. Me subí. Cerré la puerta. Manejé.

Adrián se quedó en la calle viéndome irme.

Manejé a la casa por Reforma.

A esa hora Reforma está vacía. Los semáforos en verde. La estela de luz iluminada. Yo manejaba con las dos manos en el volante y el labial de Adrián en mis labios.

Al llegar a la casa, me estacioné en el patio. Apagué el coche. No me bajé. Me quedé tres minutos en el coche con las luces apagadas viendo el naranjo que da naranjas amargas.

Después subí al departamento. Carlos dormía. Tomás dormía. Yo me lavé la cara dos veces. Me lavé los dientes tres veces. Me cambié la ropa interior aunque no había pasado nada que la justificara.

Me metí a la cama. Carlos se movió. Me abrazó dormido. Me dijo, sin abrir los ojos, cómo estuvo — yo le dije bien.

Esa noche yo no dormí.

A las cinco de la mañana, mientras Carlos roncaba suave a mi lado, yo abrí el WhatsApp en mi celular. Adrián no me había escrito. Yo no le había escrito.

Era un sábado. La regla — la regla de la noche anterior — era que yo le escribiera.

A las cinco y cuarto le escribí.

Tres palabras.

Sigo aquí.

Adrián me contestó a los seis minutos.

— Sigo aquí también. Tu casa está a tres calles de un café que abre los sábados a las nueve. ¿Quieres desayunar?

Yo me quedé viendo el mensaje cinco minutos. La pregunta era una de esas preguntas que solo tienen dos respuestas y ambas son irreversibles.

Carlos roncaba a mi lado. Tomás iba a despertar a las siete. Yo había prometido, hacía cuatro años, en una iglesia en Cuernavaca con mi familia entera viéndome, una cosa muy específica.

Le contesté a Adrián:

— Nos vemos a las nueve.

Apagué el celular. Lo metí debajo de la almohada.

A las nueve menos veinte me levanté de la cama, le dije a Carlos que iba a desayunar con Lupita porque queríamos hablar de algo del trabajo en privado, le di un beso a Tomás que estaba viendo caricaturas en el sofá, salí del departamento, bajé las escaleras, pasé por el patio del naranjo, recogí una naranja amarga, me subí a mi coche, y manejé tres calles a un café que se llamaba El Rincón del Pan.

Adrián ya estaba ahí.

A continuación: Capítulo 5 — El Rincón del Pan. Sale el lunes.

Lo de mañana en el café es lo que yo no me había permitido imaginar.

Pero Adrián sí.