Lo Que No Conté
INSPIRADO ENSobremesacompadre🌶️🌶️

El martes 12 de marzo. Labial Diva por primera vez en cinco años. La mano de Adrián sobre el omóplato a las 2:18. Tres horas de ardor.

1,850 palabrasAnónima por J., 35

El nuevo jefe — Capítulo 3: El martes 12 de marzo

El martes doce de marzo lo recuerdo entero. La fecha la recuerdo porque mi hijo Tomás cumplió dieciocho meses ese día y yo, en lugar de estar pensando en mi hijo, estaba pensando en cómo me iba a vestir para la junta de las dos de la tarde.

Eso fue lo primero que me asustó.

Empecé a maquillarme diferente los martes y los jueves.

No fue un plan. Fue un descubrimiento. Una mañana de un martes — el primer martes después del café en el Starbucks, dos semanas después de la presentación del tequila — me estaba pintando los labios frente al espejo del baño y me di cuenta de que el color era diferente al que me había puesto el lunes.

El lunes había sido un labial nude. Color piel, casi invisible. El que me pongo desde hace tres años.

El martes era un labial vino tinto. Uno que tenía guardado desde la boda de mi hermana, hace dos años. Un MAC Diva. Color de mujer que no es esposa de nadie.

Me lo quité. Me volví a pintar el nude. Me lo quité también. Volví al Diva.

Bajé al estacionamiento con el Diva puesto. Manejé al trabajo con el Diva puesto. Me bajé en el lobby con el Diva puesto. Subí al piso once con el Diva puesto. Lupita me miró cuando entré a la oficina y me dijo:

— Te ves bien hoy.

Yo le contesté:

— Gracias.

No le dije que me había puesto Diva. No le dije que me había cambiado de blusa tres veces. No le dije que me había puesto el perfume bueno — el Coco Mademoiselle de la botella cuadrada — en lugar del perfume normal que usaba para ir al trabajo. No le dije que eran las nueve y diez de la mañana del martes y yo ya estaba esperando algo.

Lupita lo sabía. Las asistentes saben. Las asistentes siempre saben. Lo que pasa con las asistentes buenas — y Lupita es la mejor que he tenido — es que esperan a que tú lo digas en lugar de decírtelo ellas.

Lupita esperó tres semanas antes de decirme nada.

La primera vez que me tocó fue ese martes a las dos y dieciocho de la tarde.

Estábamos en una junta de equipo. Diez personas. Roberto, Pedro, Ana, los analistas, yo, Adrián. Cuatro pantallas. Una presentación de retención de clientes. Estábamos parados todos alrededor de una mesa larga viendo la pantalla principal.

Adrián estaba a mi izquierda. Yo no me había puesto a su lado a propósito. Lo juro. Llegué a la junta cinco minutos tarde porque tenía una llamada con un cliente, y la única silla — bueno, los únicos lugares para pararse — eran al lado de Adrián. Me paré ahí. Él apenas me miró cuando llegué. Yo lo apenas miré también.

Pedro estaba presentando un cliente nuevo. Un banco. La presentación tenía un error en una gráfica del tercer trimestre. Yo me incliné un poco hacia la pantalla para ver mejor el número. Adrián, sin mirar, sin pensarlo, sin darse cuenta — eso es lo que me dijo después, que no se había dado cuenta — me puso la mano izquierda sobre el omóplato derecho.

No fue una mano agarrándome. Fue una mano de equilibrio. La mano de un hombre que está parado al lado de otra persona y se apoya un segundo. Como cuando estás en un Uber y tu compañero se inclina para ver algo y te toca el brazo sin pensarlo.

La mano duró tres segundos.

Adrián la quitó. Yo no me moví. Pedro siguió presentando. Adrián hizo una pregunta sobre la gráfica. Yo hice un comentario sobre los datos del Q3. La junta siguió. La junta terminó a las tres y diez. Yo regresé a mi oficina.

Y mi omóplato siguió ardiendo hasta las seis de la tarde.

Tres horas. Tres horas con la marca de una mano que no me agarró.

Salí del trabajo a las seis y cuarto. Manejé a la casa. Llegué a las siete. Carlos estaba con Tomás. Habían comido pasta. Tomás tenía salsa de tomate en la cara. Le ayudé a Carlos a darle el baño a Tomás.

En el baño, mientras enjabonaba la espalda chiquita de mi hijo, sentí la mano de Adrián otra vez en mi propio omóplato. No era un recuerdo. Era una sensación física, como si la mano estuviera ahí en ese momento mientras yo bañaba a mi bebé.

Tomás se rió. Carlos entró al baño con una toalla. Yo me reí también.

Carlos me preguntó cómo había estado mi día.

Le dije:

— Como siempre.

Esa fue la sexta vez que le decía esa frase ese mes.

Esa noche pasó algo más.

Después de acostar a Tomás, después de cenar con Carlos, después de ver una serie en Netflix juntos en el sofá — una de esas series suecas que a Carlos le gustan y a mí no, pero que no le digo —, después de que Carlos se fue a la cama, yo me quedé en la sala con una copa de vino tinto.

Eran las once y veinte de la noche. El edificio estaba en silencio. Yo estaba sola con la lámpara de la mesita encendida.

Saqué mi teléfono. Abrí los mensajes. Adrián y yo solo nos habíamos escrito mensajes de trabajo — coordinación de juntas, ediciones de documentos, los archivos que él me mandaba a revisar. La última conversación había sido del lunes. Él me había mandado un PDF de una propuesta, yo le había contestado “lo reviso en la mañana, gracias.”

Esa noche, a las once y veinte, abrí esa conversación. Vi su foto de WhatsApp. Es una foto de él en una playa, no se sabe cuál, viendo el horizonte. Le veo el reloj cuadrado de oro en la muñeca izquierda.

Estuve cinco minutos viendo esa foto.

Después abrí “Buscar” en mi teléfono. Busqué su nombre completo: Adrián de Ovando. Apareció una página de LinkedIn. Apareció un artículo en El País de hace tres años sobre un caso de marketing en el que él había estado involucrado. Apareció una foto en una cuenta privada de Instagram que no podía abrir.

Apareció — esto fue lo que me asustó — un anuncio social de su antigua boda, de cuando él se casó hace doce años. Una mujer rubia, sonriendo, con ramo de peonias blancas. La nota decía “se casó Adrián de Ovando con Inés Aguirre en Ávila, España.” La nota era de 2014.

Cerré el teléfono. Apagué la lámpara. Subí a la cama. Carlos roncaba suave.

Esa noche dormí tres horas. Las otras cinco las pasé despierta pensando en una mujer rubia con ramo de peonias blancas que ya no era la esposa de nadie.

A continuación: Capítulo 4 — La cena de equipo. Sale el jueves.

Te aviso una cosa: el capítulo 4 es donde algo cambia.

Tú que estás leyendo esto, si llegaste hasta aquí, ya sabes lo que va a pasar.

Pero no sabes cuándo.

Y no sabes qué va a hacer Mariana cuando pase.