Lo Que No Conté
INSPIRADO ENSobremesacompadre🌶️🌶️

Spa de mujeres en San Pedro. Alejandro — sinaloense, 31 años — pasa a recogerme los miércoles después del CrossFit. Un masaje, mi marido, y la palabra suerte.

1,850 palabrasAnónima por J., 35

El instructor del CrossFit

Mi spa se llama Vela. Es de mi prima Renata. Me hace los masajes de cuarenta y cinco minutos los miércoles porque los miércoles mi esposo Andrés tiene cena con sus socios y no llega a la casa hasta las once. El masaje es tres a tres cuarenta y cinco. Después tomo un Sancerre con Renata media hora y manejo a la casa.

Esto pasó en febrero. La cosa de los miércoles, lo del Sancerre, lo del masaje — eso seguía igual. Lo que cambió fue que empecé a ir al gimnasio antes.

El gimnasio se llama Lift. Está dos cuadras del spa.

Tomé clases en Lift por primera vez en enero porque cumplí cuarenta y dos en diciembre y mi mamá me dijo que se me empezaba a notar. Mi mamá tiene una forma de decirme las cosas. Yo me hago la sorda con ella desde los veinte pero sabe encontrar la frase exacta que me hace agarrar las llaves. Esa noche de mi cumpleaños, antes de dormir, me metí en la página de Lift y me apunté a un mes de prueba.

El instructor del crossfit del miércoles es de Sinaloa. Se llama Alejandro. Tiene treinta y un años. Hizo un Olimpico Junior de halterofilia en los dieciocho que casi le costó una pierna. Después se mudó a CDMX y abrió Lift con un socio. Lo demás lo pueden buscar en Instagram.

La primera clase de enero, Alejandro me corrigió la postura del clean. Me agarró la cintura — no fue agarrarme, fue una mano de instructor que ajusta cómo te sostienes — y me dijo “trae el peso del coxis hacia atrás, abre la pelvis, respira por la nariz.” Yo le hice caso porque era el instructor.

Esa noche, en el coche manejando del gimnasio al spa, me di cuenta de que tenía la cintura caliente donde Alejandro me la había tocado. Caliente como cuando alguien te toca con intención.

Yo no le había dado intención al toque. Yo lo había recibido como toque de instructor. Pero mi cuerpo había decidido otra cosa sin avisarme.

Cuatro semanas después, Alejandro me invitó a un café.

Café en Roma Norte, café de los que tienen mesa en la banqueta y filtros de origen único de Veracruz. Yo le dije que iba si llevaba a una amiga. Él dijo que estaba bien. Yo no llevé a una amiga.

Cuando llegué sola, Alejandro no se enojó. Solo me dijo “pensé que ibas a venir sola.” Yo le dije “yo también lo pensé.” Y los dos nos reímos.

Hablamos dos horas. Me preguntó por mi vida. Yo le dije casada, sin hijos por ahora, una empresa de consultoría boutique con mis dos socias en Reforma. Le pregunté por la suya. Me dijo soltero, una novia hace un año que terminó porque ella se quería casar y él no podía hacer eso todavía. Tres hermanos. La mamá vive en Sinaloa.

A las dos horas exactas, Alejandro me dijo:

— Tengo masaje terapéutico en el departamento. Lo hago para mis atletas porque les arreglo la espalda mejor que cualquier fisioterapeuta de la ciudad. ¿Quieres uno gratis?

Yo le dije que tenía masaje los miércoles en el spa de mi prima.

Él me dijo:

— Pero el mío es distinto.

Yo no le contesté con palabras. Le contesté con la manera en que terminé mi café.

Ese mismo miércoles fui al departamento de Alejandro a las cuatro de la tarde.

El departamento es un estudio en la Condesa. Una sola recámara. Una mesa de masaje plegable que él tiene puesta junto a la ventana. Un tocadiscos que estaba tocando algo de Hermanos Gutiérrez cuando llegué.

— ¿Te molesta la música?

— No.

Me dijo que me cambiara en el baño chiquito. Me pasó una toalla. Yo me quité todo y me envolví. Salí. Me acosté en la mesa.

Alejandro empezó por las plantas de los pies. Después subió a las pantorrillas. A los muslos. Hasta donde se acaba el muslo y empieza otra cosa, y ahí se detuvo. Subió a la espalda baja. La trabajó veinte minutos. Cuando llegó al cuello yo ya no podía sentir las puntas de los dedos.

— Voltéate.

Me volteé.

Alejandro me trabajó los brazos, los hombros, la clavícula. Me bajó la toalla un centímetro a la vez. Cuando se le quedó la toalla en el ombligo, levantó las dos manos un segundo y me preguntó:

— ¿Sigo?

Yo le dije:

— Sigue.

Lo que pasó esa tarde no se cuenta como pasó. Se cuenta así.

Alejandro tiene treinta y un años y manos que pasaron seis años aprendiendo a ajustar cuerpos profesionales. Yo tengo cuarenta y dos años y un cuerpo que llevaba seis años recibiendo masajes profesionales de mi prima Renata, que es una santa y que me había arreglado la espalda, los hombros, las cervicales, todo lo de afuera.

Lo que Alejandro me hizo esa tarde no fue masaje terapéutico. Fue un masaje terapéutico hasta el ombligo y otra cosa de ahí para abajo. Una cosa que fue más despacio que el masaje. Una cosa que yo no le había recibido a Andrés en cuatro años, porque Andrés se acuesta a hacer el amor cansado y yo lo hago acompañándolo cansado y los dos terminamos rápido para no atrasarnos a dormir.

Alejandro no tenía sueño. Alejandro tenía treinta y un años y todo el tiempo del mundo y un departamento estudio en la Condesa con un tocadiscos.

Cuando terminó, no me dejó levantarme. Me bajó la toalla otra vez. Me cubrió. Me dijo:

— Quédate quince minutos. Te voy a hacer un té.

Y se fue a la cocinita a hacer un té matcha que él mismo había batido con el chasen, como un señor mayor que sabe que el ritual del té es la otra mitad del masaje.

Yo me quedé en la mesa de masaje, viendo la luz del sol de la Condesa entrar por la ventana, escuchando los discos de los Hermanos Gutiérrez, sin pensar en mi marido por primera vez en seis meses.

Renata me hizo el masaje de las tres a las tres cuarenta y cinco. No le dije nada.

Le dije que tenía las cervicales más blandas que normalmente. Le dije que algo de la postura del crossfit me estaba ayudando.

Ella me dijo:

— Pues te ves bien. Te ves más relajada de la cara.

Yo le dije que el sancerre se había acabado.

Renata se rió. Salió a la cava a buscar otra botella. Yo me quedé un minuto sola en el cuarto del masaje pensando en si lo que acababa de hacer iba a alterar la forma en la que mi prima me veía si ella supiera. Decidí que sí, que la alteraría. Decidí que por eso no le iba a contar.

A las cinco salí del spa con el Sancerre adentro y manejé a la casa.

Andrés llegó a las once y diez. Cenó algo recalentado en la cocina. Me dio un beso en la frente como cada miércoles. Se metió a la regadera. Salió. Se acostó. Se durmió en cuatro minutos.

Yo me quedé despierta hasta las dos de la mañana viendo el techo del cuarto matrimonial, y por primera vez en cuatro años de matrimonio, sintiendo que tenía una cosa para mí sola que no le iba a contar a nadie.

Llevamos cinco meses así.

Los miércoles son: gimnasio a las dos. Departamento de Alejandro a las cuatro. Spa de Renata a las cinco. Casa con Andrés a las siete y media. Cena recalentada con el esposo a las once.

Mi suegra dice que estoy más bonita.

Mi mamá ya no me dice nada — ella sabe leer una mujer y desde hace dos meses dejó de hacer comentarios.

Andrés dice que el crossfit me sienta bien.

Lo único que no sé todavía es qué va a pasar el día que Alejandro decida que esto ya no es masaje terapéutico para él. Porque el día que él me lo diga, yo voy a tener que decidir si yo soy la mujer que se queda con su esposo, o la mujer que se va con un instructor de Sinaloa once años más joven que vive en un estudio en la Condesa.

Y eso no lo sé todavía.

Lo único que sé es que los miércoles, manejando del departamento de Alejandro al spa de Renata, escucho a Hermanos Gutiérrez en mi coche con las ventanas abajo.

Y los lunes, los martes, los jueves, los viernes, los sábados — manejo en silencio.