Mi tío Carlos en San Pedro Garza García. Lalo — de Nuevo Laredo, ex-paracaidista. Los miércoles a Saltillo, cuarto 412.
El guardaespaldas de mi tío
Mi tío Carlos vive en una casa de tres mil metros en San Pedro Garza García. Construida en 1998, paredes de piedra negra, cuatro mil metros de jardín, dos albercas, una cancha de tenis, y una caseta en la entrada con dos guardias armados las veinticuatro horas del día. Mi tío Carlos es presidente del consejo de administración de una empresa que no voy a nombrar. La empresa se vendió a una multinacional el año pasado por seiscientos millones de dólares. Mi tío Carlos lleva guardaespaldas desde 2007.
El guardaespaldas que le toca los fines de semana — los sábados y domingos — se llama Eduardo. Él me dijo Lalo. Yo no le dije Lalo. Yo no le dije nada por dos años.
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La primera vez que vi a Lalo fue en una cena familiar de Pascua hace dos años.
Yo tenía treinta. Él tenía treinta y tres. Yo era la sobrina recién divorciada que había vuelto a Monterrey con la cola entre las patas después de seis años en el DF. Él era el guardaespaldas nuevo de mi tío.
Lalo es de Nuevo Laredo. Lo trajeron a Monterrey hace seis años por contrato con una compañía de seguridad privada. Sirvió en el Ejército once años antes — paracaidista, brigada anti-narco, esas cosas. Tres balazos en el cuerpo. Un ojo medio ciego, el izquierdo, que él compensa girando la cabeza sin que se note.
A los guardaespaldas no se les habla. Esa es la regla de la familia. Comen en la cocina con la servidumbre. Cuando el evento es formal, comen antes que nosotros. Cuando es casual, comen después. No se sientan a la mesa. No participan en las conversaciones. Si tú les hablas, ellos contestan con respeto, breve, y se cierran.
Yo seguí la regla. Por dos años.
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La regla se rompió en febrero pasado.
Yo había ido a la casa de mi tío Carlos un sábado a las cuatro de la tarde porque mi prima Renata cumplía cuarenta. Le había llevado un regalo y me había quedado a la sobremesa. La fiesta entera duró hasta las once de la noche. Yo me iba a quedar a dormir en la casa de mis papás (que viven en San Agustín, veinte minutos), pero esa noche había un retén de la guardia nacional en el bulevar Díaz Ordaz y a mi mamá le dio nervios que yo manejara sola.
Mi tío Carlos le dijo a mi mamá:
— Lalo la lleva. Lalo se queda en la casa de ustedes hasta que ella entre y después se viene en la camioneta de regreso.
Mi mamá le dijo “perfecto.” Yo no protesté.
A las once veinte yo estaba en el asiento del copiloto de la camioneta blindada de Lalo. Una Suburban negra con vidrios polarizados y un radio de banda corta atornillado en el tablero. Lalo iba al volante. Olía a un perfume sin marca, leve, lo que se ponen los hombres que no saben de perfumes pero quieren oler bien.
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La distancia entre la casa de mi tío y la casa de mis papás son seis kilómetros. Toma quince minutos.
A los siete minutos, en un semáforo en rojo del Boulevard Diagonal, Lalo me dijo:
— ¿Le molesta si le hago una pregunta personal, señorita?
Yo le dije que no.
— ¿Por qué se divorció?
Yo me reí porque la pregunta era directa y nadie en mi familia me la había hecho así, sin diplomacia.
— Mi esposo se cogía a su asistente — le dije —. Me mintió un año. Lo descubrí. Me regresé a Monterrey.
Lalo asintió. Después dijo:
— Yo me divorcié hace cuatro años. Mi esposa se cogía a su entrenador del gym. Tenemos un hijo de ocho años. Lo veo los miércoles y los domingos.
Yo le dije:
— Lo siento.
Él me dijo:
— No lo sienta. La gente se equivoca con quien escoge.
El semáforo se puso en verde. Lalo siguió manejando.
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Llegamos a la casa de mis papás a las once treinta y cinco. La luz del cuarto de mis papás estaba apagada — ya estaban dormidos.
Lalo se bajó del lado del copiloto antes de que yo abriera mi puerta. Eso es protocolo: el guardaespaldas baja primero, mira el perímetro, después abre la puerta del cliente. Lo había visto hacer cien veces con mi tío Carlos.
Esa noche, cuando me abrió la puerta, en la calle vacía de San Agustín a las once treinta y cinco de la noche, me agarró la mano para ayudarme a bajar de la camioneta — esto también es protocolo —, y cuando los pies me tocaron el pavimento, no me soltó.
Me sostuvo la mano tres segundos más de lo que el protocolo permite.
Yo lo miré. Él me miró. Esa cosa que ya saben los lectores de estas historias.
Después Lalo me soltó la mano. Caminó conmigo a la puerta. Esperó a que yo entrara con la llave. Cuando estuve adentro, él hizo señal de que me iba. Yo cerré la puerta con seguro.
Por la ventana de la sala, lo vi caminar de regreso a la Suburban, subirse, prender el radio, y reportar a la base que la sobrina del señor Carlos había llegado segura. Esto último lo escuché por el radio porque la ventana del coche estaba abierta.
Después se fue.
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La segunda vez fue dos semanas después.
Yo le pedí a mi tío Carlos prestado a Lalo “para llevarme a una junta en Saltillo” — una junta que no existía. Lalo manejó dos horas. Llegamos a un hotel en el centro de Saltillo que yo había reservado a mi nombre. Lalo se quedó en el coche.
A los diez minutos yo le mandé un mensaje:
Sube. Cuarto 412.
Tres puntos en la pantalla por veinte segundos. Después:
Voy.
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Lo que pasó esa tarde en el cuarto 412 del hotel en Saltillo no se cuenta como pasó.
Lalo es un hombre que sabe lo que es estar callado. Esa habilidad — la de estar callado, de moverse despacio, de leer a una persona sin que ella se dé cuenta — la tiene puesta porque su trabajo es leer perímetros, leer amenazas, leer a quien entra a un cuarto y a quien sale.
Cuando el trabajo de un hombre es leerte, y ese hombre te lleva a la cama, lo que recibes es atención de un nivel que no existe en ningún hombre que haya tenido que leerme un contrato o un balance trimestral.
Lalo sabe usar las manos. Lalo sabe cuándo estoy a punto de decir algo. Lalo se queda quieto un segundo entero antes de seguir, porque está leyendo si quiero que siga. Y cuando entiende que sí — porque mi cuerpo es lo que él lee, no mis palabras — entonces sigue.
Esa tarde en el cuarto 412 me hizo cosas que mi exesposo no me había hecho en seis años. La diferencia más grande no fue lo que hizo con sus manos.
La diferencia fue que cuando terminó, Lalo no se quedó dormido. Se levantó. Se lavó la cara. Se puso el saco. Bajó al lobby. Compró dos botellas de agua, dos cafés americanos, y una concha de la panadería del hotel. Subió. Se sentó en la silla del escritorio del cuarto 412 con el café y la concha. Me preguntó si me gustaba el café con leche o solo.
Le dije solo.
Me lo pasó.
Hablamos cuarenta minutos. Después manejamos de regreso a Monterrey en silencio. En el semáforo del Diagonal, Lalo me preguntó:
— ¿Cuándo es la próxima junta, señorita?
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Llevamos un año.
Mi tío Carlos sigue sin saber. Lalo sigue cuidando a mi tío los sábados y domingos. Yo voy a la casa de mi tío con la familia los domingos a comer y Lalo me sirve agua de jamaica como cualquier otro guardaespaldas.
A los miércoles y a los jueves, los días que Lalo está libre — porque los guardaespaldas también descansan — yo manejo a Saltillo.
Mi mamá me dice que estoy más bonita.
Mi prima Renata me dice que parece que ya pasé el divorcio.
Mi tío Carlos me dijo el domingo pasado, mientras me servía un mezcal:
— ¿Ya sales con alguien, sobrina?
Yo le dije:
— Estoy en eso.
Y le sonreí como una mujer educada de San Pedro Garza García a su tío empresario.
Lalo, parado dos metros detrás de mi tío, no parpadeó ni un segundo.