Tres días sola, un colega disponible, y lo que hizo fue mandarle a su esposo el mensaje que no mandaba en años.
El congreso en Cancún
Tres días sola en un hotel de Cancún, sin hijos, sin marido, con minibar y una cama king para mí sola, y lo que hice la primera noche fue algo que ni yo me esperaba.
Soy dentista. Vine al congreso anual, que es la única vez en el año que dejo de ser mamá y esposa por setenta y dos horas y vuelvo a ser nada más yo, con gafete. La primera noche, en la cena del congreso, un colega de Monterrey —divorciado, simpático, de esos que saben mirar— me dejó clarísimo que estaba disponible. Me invitó "un último trago" con todas sus letras.
Y aquí está la confesión, porque sé lo que parece que va a pasar y no es lo que pasó.
Subí a mi cuarto sola. No por santa. Las ganas de sentirme deseada estaban ahí, calientes, reales: diecisiete años de matrimonio te vuelven invisible de una manera muy particular, y que un hombre te mire como me miró el de Monterrey te recuerda que tienes cuerpo. No lo voy a negar ni me voy a hacer la decente. Lo pensé. En el elevador lo pensé.
Pero pasó otra cosa, más interesante. Llegué al cuarto, me serví yo sola una copa del minibar carísimo, me senté en esa cama king en ropa interior buena —de la que una se compra para sentirse, no para que alguien la vea— y me di cuenta de que lo que extrañaba no era un hombre. Era sentir. Y el de Monterrey nada más había sido el que prendió el foco.
Así que agarré el teléfono y le mandé un mensaje a mi esposo. A Guadalajara. A las once de la noche.
No le conté del colega. Le mandé una foto —de las que no se enseñan— y un texto que no había mandado en años, de esos que mandaba de novia, descarados, calientes, míos. Le escribí lo que le haría si estuviera ahí. Con detalle. Con la mujer del gafete, no con la mamá que le pregunta si ya cenaron los niños.
Tardó cuatro minutos. Cuatro minutos en los que pensé "ya, lo asusté, va a pensar que me pasó algo o que tomé de más."
Contestó: "¿Quién eres y qué hiciste con mi esposa? …no, no contestes. Quédate. Me encanta."
Y luego: "Faltan dos días. No te imaginas cómo te voy a recibir."
Pasamos esas dos noches mandándonos mensajes que no me atrevo a transcribir, a tres mil... no, a mil kilómetros de distancia, redescubriéndonos por teléfono como dos adolescentes, mientras yo me ponía la ropa interior buena para mí y él —me consta— contaba las horas en Guadalajara.
El colega de Monterrey me volvió a saludar el último día, con una sonrisa de "tú te lo perdiste". Y yo le sonreí de vuelta pensando: no, mi rey, tú no entendiste nada. Tú creías que la oferta eras tú. La oferta era yo, acordándome de que sigo viva. Y eso me lo llevo a mi propia casa, gracias.
Llegué a Guadalajara un viernes. Mi esposo dejó a los niños con su mamá "de sorpresa". No salimos del cuarto hasta el domingo.
El congreso es cada año. Ya estoy planeando el mensaje del próximo.