Tulum, último día. Vale cuenta lo de Mateo Echeverría — el compañero del MBA del IPADE con quien no pasó nada cuatro meses, hasta que pasó.
El compañero de la maestría
Esto me lo contó Vale en Tulum, en el último día de un viaje de chicas que se nos había alargado a seis días. Estábamos en la palapa del hotel, ya pasada la hora de la comida, las otras tres se habían ido a la playa, y Vale me dijo:
— ¿Te puedo contar lo de Mateo?
Yo sabía que algo había pasado con Mateo en la maestría. Vale había salido tres meses antes con la cara cambiada, había ganado seis kilos, había vuelto a hacerse colorimetría. Sabía que algo le había pasado pero ella nunca había hablado.
Esa tarde habló.
—
Yo entré al MBA del IPADE para escapar de un noviazgo que ya era amistad. Lo dejé el primer mes de la maestría.
Mateo Echeverría se sentaba dos filas adelante de mí en Negociación. Veintinueve años. De Guadalajara. Estudió Economía en el ITESO, después había trabajado tres años en McKinsey, después decidió hacer el MBA porque dijo “ya no le encuentro sentido al consulting.” Yo lo escuché decir esa frase en una clase y supe — sin saberlo todavía — que iba a tener problemas con él.
La primera vez que hablamos fue en un caso de negociación entre dos empresas mineras. Nos asignaron en el mismo grupo. Éramos seis. Los demás eran un español, un brasileño, dos compañeros del IPADE, y nosotros. Mateo y yo nos sentamos enfrente uno del otro durante tres horas planeando una negociación ficticia. Al final, cuando los demás se fueron a comer, Mateo me dijo:
— ¿Quieres tomarte un café? Quiero seguir hablando del caso.
Yo dije que sí.
—
Lo que pasó en esos cuatro meses no es lo que tú piensas.
Mateo y yo nos volvimos amigos. Eso es la verdad. Nos veíamos en los breaks, comíamos juntos en la cafetería, estudiábamos juntos los fines de semana. Hablábamos cuatro horas seguidas — de mercados, de libros, de música, de una vez que él se equivocó en McKinsey y casi le costó al cliente once millones de dólares. Yo le contaba cosas que nunca le había contado al exnovio.
Pero nunca pasó nada. Ni un beso. Ni una mano. Cuatro meses así.
¿Sabes por qué? Porque los dos sabíamos que si pasaba, no se iba a poder deshacer. Y los dos teníamos planes — yo me iba a hacer un internship en Boston después del primer año, él se iba a Londres a hacer otro. No era el momento. Y los dos eran adultos suficientes para entender eso.
Yo, sin embargo, lo pensaba todo el tiempo.
—
La fiesta de fin de primer semestre fue en una casa en San Ángel. Casa rentada. Todos nuestros compañeros del MBA. Música. Mezcal. Una alberca pequeña que nadie usó. Yo llegué con Camila — mi amiga de Negociación, una colombiana brillante que es ahora directora financiera en Bogotá. Mateo llegó solo. Yo le había estado mandando mensajes esa semana sobre un caso que íbamos a presentar el lunes. No había mencionado la fiesta. Él tampoco.
Cuando me vio entrar, me sostuvo la mirada tres segundos. La cosa más larga que se me había dejado mirar en cuatro meses.
A la una de la mañana, los dos estábamos en la cocina sirviéndonos otro mezcal. Camila estaba en la sala bailando con el español. Mateo me dijo:
— ¿Te puedo decir algo?
— Sí.
— Si me quedo en esta cocina diez minutos más contigo, voy a hacer algo que después no se puede deshacer. Y necesito que tú me digas si me quedo o si me voy.
Le dije:
— Quédate.
—
Me besó en la cocina de esa casa rentada en San Ángel a la una y cuatro de la mañana.
No fue como un primer beso de los que tienes a los veintitrés. Fue como un primer beso de los que tienes después de cuatro meses de planearlo en silencio con la otra persona. Fue el alivio de un pacto que los dos habíamos hecho sin firmarlo.
Camila se fue de la fiesta a las dos. Le dije que yo me iba a ir más tarde. Mateo me llevó a su departamento en Coyoacán a las tres. Nos acostamos a las tres y media. Eran las once del día siguiente cuando me di cuenta de que no había dormido y que él tampoco había dormido y que los dos estábamos viendo el techo de su recámara, riéndonos por una cosa que él había dicho hacía cinco minutos.
Ese hombre me hizo cosas en esa cama que yo no sabía que se podían hacer entre dos personas que se respetaban.
La diferencia con todos mis exnovios fue esta: cada vez que Mateo iba a hacer algo, me preguntaba primero. No con palabras ridículas tipo “¿puedo besarte?” — sino con la mirada, con un segundo de pausa, con una mano que se quedaba un instante quieta antes de seguir. Era la forma más sexual de ser respetuoso que yo había experimentado.
Y cuando me dejó hacer cosas a él — me dejó hacer cosas que con el exnovio yo nunca había podido hacer porque él se reía, se ponía nervioso, no se dejaba. Mateo se dejaba. Mateo me miraba.
—
Dormimos juntos cinco veces más en los siguientes seis meses. Después yo me fui a Boston. Él se fue a Londres.
Nos prometimos que íbamos a vernos al final del verano en Madrid. No nos vimos. Yo me enamoré en Boston de un compañero del internship. Él se enamoró en Londres de una abogada. Para cuando volvimos a CDMX, los dos estábamos cada uno en relaciones nuevas.
El segundo semestre en el IPADE, cuando lo vi otra vez, ya éramos las personas que habíamos sido los primeros cuatro meses. Amigos. Estudiábamos juntos. Hablábamos de mercados. Nunca volvimos a tocarnos.
Hace tres meses Mateo se casó con la abogada londinense. Está viviendo en Madrid. Tiene un hijo de un año y medio.
Yo sigo en CDMX. Sigo soltera. Cada vez que oigo una frase tipo “ya no le encuentro sentido al consulting” en un evento de exalumnos, se me corta la respiración un segundo.
—
¿Sabes qué es lo peor?
Lo peor no es que se haya casado con otra. Lo peor es que esos cuatro meses en los que no pasó nada — los meses de comer en la cafetería, de los cafés después de Negociación, de las tardes estudiando en su departamento en Coyoacán sin tocarnos — esos cuatro meses fueron los meses más felices de mi vida.
Y desde entonces, cualquier hombre que me he encontrado — el del internship en Boston, los tres con los que salí después, el novio actual con el que llevo dos años — todos me parecen poco. No porque ellos sean poco. Sino porque después de tener cuatro meses con un hombre que sabía esperar y otra mañana de noche con un hombre que sabía mirar — todo lo demás se siente como conversación de cocktail.
A veces pienso si yo hubiera dicho “vete” en lugar de “quédate” esa noche en la cocina de San Ángel — si los seis meses de noviazgo no habríamos durado pero la amistad sí, y él se habría casado con la abogada igual y yo me habría casado con alguien igual — pero los dos seguiríamos siendo amigos de WhatsApp, comiendo en CDMX cuando él pasara.
Pero yo dije “quédate.” Y por eso, ahora, no nos hablamos.
—
Vale terminó su mezcal.
Las otras tres salieron de la playa hacia la palapa. Tenían hambre. Pidieron tacos al pastor.
Cuando Vale fue al baño, mi prima me preguntó qué le había pasado a Vale. Le dije “nada, está cansada del viaje.”
Algunas cosas se cuentan una vez en una palapa de Tulum y nunca más.