Mi compadre Joaquín llegó a la casa el sábado al mediodía con su camioneta y una hielera. Mi marido andaba en Querétaro. Era mi cumpleaños. Y mi marido había mandado a su mejor amigo en su lugar.
El compadre de mi marido
Mi compadre se llama Joaquín. Casados desde hace dieciséis años. Padrino de los dos niños míos. Mejor amigo de mi marido desde la prepa de Cumbres. Cumple cuarenta y dos en agosto. Yo cumplo treinta y nueve en marzo, y este año cumplí treinta y nueve sola — porque mi marido andaba en Querétaro por un lío con un proveedor.
Joaquín llegó a la casa el sábado al mediodía con su camioneta y una hielera. Vine a hacerte parrillada porque no se vale que cumplas sola. Lo dijo enfrente de mi suegra, mi cuñada, mi hermana. Todas se rieron — Joaquín así es, Joaquín es así. Mi suegra le dio un beso en la frente como si fuera otro hijo.
A la una de la tarde Joaquín ya estaba prendiendo el carbón en el patio de mi casa con los niños alrededor. Las niñas se iban a casa de mi mamá en la noche. Mi marido iba a llegar el lunes. Era mi cumpleaños y mi marido había mandado a su mejor amigo en su lugar.
Mi suegra me dijo qué afortunados de tener un compadre así y se fue a las cinco. Mi cuñada, a las seis. Mi hermana, a las siete. A las ocho los niños ya estaban en casa de mi mamá, y Joaquín seguía en mi patio limpiando el asador que él mismo había prendido.
Yo le dije que se podía ir, que ya había hecho mucho.
— Tu marido me dijo que me quedara hasta tarde.
Le pregunté hasta qué hora.
— Dijo que hasta que ya no estuvieras triste.
Eso era una broma. Y no era una broma. Joaquín así habla — todo en serio y todo a medias.
Le ofrecí un mezcal. Aceptó. Nos sentamos en la cocina, no en la sala, porque la cocina es donde uno se sienta con los compadres. Tenía una camisa de cuadros, las mangas dobladas hasta el codo, las botas todavía con el polvo del patio. Olía a humo. Y a Eternity for Men, porque Joaquín llevaba dieciséis años usando la misma colonia que se compró en su primer viaje a Houston.
Hablamos primero del trabajo. Luego de mi marido. Luego de sus papás. Luego de los niños. Luego — a los tres mezcales — del matrimonio.
— Yo creo que mi mujer ya no me quiere.
Yo le dije que sí lo quería. Que Adriana lo adoraba, que toda la familia sabía eso. Joaquín se quedó callado.
— Yo creo que tu marido tampoco te quiere ya.
Eso me lo dijo mirándome a los ojos. Sin pestañear. Y yo no le dije nada porque no pude.
Sirvió el cuarto mezcal sin preguntarme. Lo tomé. Él me lo puso en la mano y sus dedos tocaron los míos dos segundos más de los necesarios.
Lo besé yo. Eso lo aclaro. No lo hizo él, lo hice yo. Me levanté del banquillo de la cocina, me paré frente a él, y le besé la boca como si lo hubiera querido hacer dieciséis años. Porque tal vez sí.
Él me agarró la cara con las dos manos como si fuera de cristal antiguo. Con miedo de romperme y con miedo de soltarme. Su boca olía a mezcal y a algo más adentro — café, cigarro de la mañana, el sabor que tiene la boca de un hombre que ha estado callando algo mucho tiempo.
Me dijo comadre, no con la boca todavía pegada a la mía. Pero no se quitó. No se movió.
Yo le dije que sí.
Lo demás pasó en mi recámara — no la del marido, una recámara de huéspedes que mi marido nunca usaba. Joaquín apagó la luz él mismo. Le pedí que no se quitara el anillo de matrimonio. Me dijo ¿por qué? y le dije porque yo sí me acuerdo de Adriana, aunque tú no.
Eso es lo único cruel que dije esa noche.
Se quedó hasta las cuatro de la mañana. A las cuatro se levantó, se vistió en la oscuridad, y se sentó en el borde de la cama con la cabeza entre las manos. Estuvo así diez minutos. Después dijo:
— Esto no se le cuenta a nadie. Nunca. Ni a Dios cuando te confieses.
Le dije que sí.
— Y no se vuelve a hacer.
Le dije que sí.
Han pasado siete meses. Joaquín no ha vuelto a venir solo. Las únicas veces que coincidimos es en cumpleaños, en fiestas, con todo el mundo cerca. Adriana me sigue saludando con el mismo beso en la mejilla. Mi marido me sigue mandando flores los días que se acuerda. Los niños le dicen padrino y él los carga como siempre.
Una sola vez, en una posada en diciembre, Joaquín me agarró por la cintura para meterme en la foto familiar. Me agarró por dos segundos. Y me apretó. Y yo apreté de regreso. Nadie lo notó. La foto está enmarcada en mi sala.
Las dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo: que yo quiero a mi marido y que tengo una foto enmarcada de la única vez que mi compadre me agarró por la cintura.
Las dos cosas no son contradictorias.
— Sin firma. San Pedro, Nuevo León.