Iván tenía 52 años, lentes de pasta gruesa, y una camisa de lino blanca incluso cuando llovía. Venía los sábados a revisar la obra de la casa de mi papá en Valle. Yo tenía 38 y un libro que nunca abrí.
El arquitecto de la casa de mi papá
Mi papá compró el terreno en Valle de Bravo en 2014. La casa la empezó dos años después, cuando mi mamá ya había aceptado que no iban a tener nada en la playa. La playa es para los que se rinden, le decía mi mamá a sus amigas, a nosotros nos toca el bosque.
El arquitecto se llamaba Iván. Cincuenta y dos años. Casado. Una hija casi de mi edad estudiando en Barcelona.
Yo tenía treinta y ocho cuando lo conocí. Soltera. La hija única que se quedó en México. La que llevaba a mi mamá al cardiólogo, la que le recordaba a mi papá los pagos del Inbursa. La que iba a Valle los fines de semana cuando mis papás necesitaban que alguien revisara cómo iba la obra.
Iván llegaba en una camioneta blanca. Bajaba con planos enrollados bajo el brazo y café en una termo de aluminio que decía Iván en marcador permanente. Llevaba lentes de pasta gruesa y una camisa de lino blanca incluso cuando llovía. Tenía una manera de saludar — buenos días, señorita — que me hacía sentir que había venido a hablar con alguien más, alguien mayor, alguien que se llamaba señorita sin que sonara raro.
Le dije no me digas señorita. La tercera vez que vino. Estábamos viendo el plano del baño principal y yo le señalé que la regadera quedaba muy chica. Él se rio y dijo perdón. No volvió a decirme señorita.
Le empecé a decir Iván a la quinta semana. Antes le decía señor.
Las visitas eran los sábados. Mi papá iba a Valle el viernes, dormía allá, y los sábados a la una venía Iván para reunirse con él. Pero en julio mi papá se cayó en la regadera de Tecamachalco y tuvo que quedarse en la ciudad por la rehabilitación. Me mandó a mí.
— Tú sabes igual que yo de la casa, hija. Iván te explica.
Mi mamá me prestó la suya. Llevé un libro. Llegué un sábado a las once, cuarenta y cinco minutos antes. Iván ya estaba ahí.
Lo encontré sentado en el porche, sin la camisa de lino, en una camiseta blanca, fumando. Cuando me vio se levantó rápido y la apagó contra una piedra. Perdón, no esperaba que llegara temprano. Me dijo señorita otra vez por reflejo y luego se corrigió.
Le dije que no me importaba que fumara. Me senté con él en el porche.
Empezamos por el plano de la cocina. Mi papá quería una isla. Yo le dije que mi mamá iba a odiar la isla porque tenía artritis y no podía estar de pie tanto tiempo. Iván cerró el plano y me dijo entonces empezamos por ahí. Sacó una libreta, anotó con un lápiz mecánico — su letra era de arquitecto, todo en mayúsculas, todo recto — y reescribió la cocina entera enfrente de mí.
A la una y media le ofrecí algo de comer. Mi papá nunca comía en Valle, ese día yo había llevado pan, queso, jamón serrano. Iván aceptó. Comimos en la terraza con vista al lago. Hablamos de su hija en Barcelona — se enamoró de un catalán que toca cello, ¿qué le voy a decir? — de mi trabajo en una agencia de comunicación que él no entendía bien — ¿pero entonces escribes? a veces escribo, sí — y de mi papá. Tu papá es de los hombres más decentes con los que he trabajado en treinta años.
Le dije que mi papá no me dejaba decirle a Iván cómo me sentía sobre la casa.
— Cuéntame.
Le dije que la casa me daba miedo. Que era demasiado grande. Que mi papá la quería para que mi hermano y yo nos casáramos algún día y trajeramos a los nietos, y que mi hermano nunca se iba a casar y yo a los treinta y ocho probablemente tampoco.
Iván me escuchó. No dijo nada en cinco minutos completos. Después dijo:
— Las casas no se construyen para las personas que las van a usar. Se construyen para las personas que las imaginaron.
Yo le pregunté qué quería decir.
— Que la casa es de tu papá. Aunque vivas tú sola en ella, va a ser de él. Y si decides venderla algún día, va a haber sido de él. Eso no se puede evitar.
— ¿Y eso es bueno o malo?
— Eso depende de cuánto querías a tu papá.
Lo miré. Tenía cincuenta y dos años, lentes de pasta gruesa, una camisa de lino blanca colgada del respaldo de la silla de al lado. Tenía un anillo de matrimonio que llevaba puesto sin pretensión, no como un objeto sino como una piel.
Yo lo quería. A mi papá. Mucho. Y a Iván también, en ese momento, mucho. Las dos cosas no son contradictorias.
Esa tarde no pasó nada. Repasamos los planos hasta las cinco. Le di un beso de despedida en la mejilla — el primero — y él se subió a su camioneta y se fue.
La casa se terminó en marzo del año siguiente. Mi papá murió en julio, dos meses después de la inauguración, de un infarto en la cocina sin isla. Iván vino al velorio de bigote. Me abrazó largo. Me dijo yo te llamo en unas semanas, cuando ya esté pasada la cosa.
No me llamó. Yo no le llamé. Hicimos lo correcto los dos.
Hace dos meses pasé por su despacho en la Roma. Vi la camioneta blanca afuera. No me detuve. Seguí manejando, miré por el retrovisor, y vi que él estaba en la entrada hablando con alguien — una mujer joven, una clienta, otro plano enrollado bajo el brazo. Está bien que hayamos hecho lo correcto. Pero a veces, cuando paso por el lago de Valle, me acuerdo de que las casas se construyen para los que las imaginaron, y que mi papá nunca supo lo que yo me imaginé esa tarde de julio.
— Sin firma. Ciudad de México y Valle de Bravo.