Diecinueve años casados. Un huracán apagó Mérida entera y les devolvió, sin pedirlo, la primera noche.
El apagón de catorce horas
Llevábamos diecinueve años casados cuando un huracán nos apagó Mérida entera y nos devolvió, sin pedirlo, la primera noche.
Eran las nueve y el aire acondicionado murió primero, con ese suspiro que hacen los aparatos cuando se rinden. Luego el refrigerador. Luego la última pantalla de la casa —la del niño, que ya no es niño, que estaba en casa de un amigo gracias a Dios— y de repente la oscuridad completa, esa que en la ciudad ya no existe nunca, la que tiene textura.
Roberto buscó velas con la linterna del teléfono, maldiciendo a la Comisión Federal con un repertorio que no le oía desde hacía años. Yo me quedé sentada en el borde de la cama, sudando, escuchando cómo el silencio se llenaba de cosas: los grillos afuera, un perro lejos, nuestra propia respiración, que en diecinueve años habíamos dejado de oír debajo del zumbido de los aparatos.
—Se fue la luz —dije, como si él no lo supiera.
—Se fue todo —dijo él, y se sentó a mi lado con dos velas y una caja de cerillos, y por la forma en que se hundió el colchón sentí su peso al lado del mío como no lo sentía hacía mucho. No porque no durmiéramos juntos. Dormíamos juntos todas las noches. Pero dormir al lado de alguien y sentirlo son dos cosas distintas, y en algún punto de los diecinueve años habíamos cambiado la segunda por la primera sin firmar nada.
Prendió una vela. La cara que conozco más que la mía apareció, temblando en la luz naranja, y por un segundo —juro que fue así— vi al muchacho de veintitrés con el que me casé, antes de las hipotecas, antes de las juntas de padres de familia, antes de que el amor se volviera una agenda compartida.
—Te ves de veintitrés —le dije, riéndome.
—Tú te ves de diecinueve —dijo él—. Las velas mienten bien.
Hacía un calor de los infiernos. Sin aire acondicionado, en Mérida, en septiembre, la ropa sobra antes de que decidas nada. No fue seducción. Fue clima, al principio. Él se quitó la camisa empapada y yo el vestido pegado, dos cuerpos rendidos al calor, y nos quedamos así, tirados sobre las sábanas, sin tocarnos todavía, mirando el techo que no se veía.
Y entonces su mano encontró la mía en la oscuridad. No fue un agarre con plan. Fue como cuando éramos novios y cualquier roce era una pregunta. Sus dedos sobre los míos preguntaban algo que llevábamos años sin preguntarnos porque dábamos la respuesta por sabida. Y resulta que la respuesta no estaba sabida. Estaba dormida.
Le contesté volteando la mano, palma con palma.
Lo que pasó esa noche no se lo voy a contar a nadie con detalle, porque hay cosas que son nada más de dos personas y catorce horas sin luz. Pero sí voy a decir esto: redescubrimos que el deseo no se había ido a ningún lado. Se había quedado esperando, muy paciente, debajo del zumbido de los aparatos, a que un huracán los callara a todos para poder oírse otra vez.
A las once de la mañana siguiente regresó la luz. El aire acondicionado revivió con su ronroneo. El refrigerador. El mundo de siempre se reconectó de golpe, ruidoso e iluminado.
Roberto, todavía en la cama, miró el foco encendido como a un intruso.
—Ojalá se vuelva a ir —dijo.
Esa noche, con luz y todo, apagamos los aparatos a propósito. Y la siguiente. Ahora, una vez por semana, hacemos lo que llamamos "el apagón": se va la luz porque nosotros la apagamos, las velas mienten bien, y dos personas de cuarenta y tantos se encuentran en la oscuridad como si fuera la primera vez.
El huracán se llevó tres árboles y una barda. Nos devolvió diecinueve años. No salí perdiendo.