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INSPIRADO ENSobremesacompadre🌶️🌶️

Brunch de divorciadas en Polanco. Roberto Suárez Mejía. Cuarenta y siete años. San Ángel. Conflicto de intereses al tercer mes.

1,850 palabrasAnónima por J., 35

El abogado de mi divorcio

Brunch de divorciadas en Polanco. Cuatro mujeres alrededor de una mesa redonda en La Buena Barra. Mariana, Vale, A., y yo. Vale acababa de divorciarse hace tres meses. Mariana hace ocho. A. lleva dos años. Yo había firmado el martes.

Era domingo, una de la tarde. Mimosas. Pedimos chilaquiles cuatro veces. La mesera era una chica de veintidós años que se llamaba Daniela y que nos miraba con cara de “yo no me quiero divorciar nunca.” Cuando Daniela se fue a la cocina, A. me dijo:

— Cuéntanos lo del abogado. Llevas tres meses con esa cara.

Yo le dije:

— No tengo ninguna cara.

A. se rió. Vale se rió. Mariana estiró la mano para tomarme de la muñeca.

— Cuéntanos.

Les conté.

Mi abogado se llama Roberto Suárez Mejía.

Cuarenta y siete años. Socio del despacho Suárez, Mejía y Asociados en Polanco — el Roberto del nombre del despacho. Su papá, el Mejía. Familia de abogados desde 1948. Roberto es el especialista en divorcios complejos. Patrimonios mixtos, custodia compartida, pensiones alimenticias internacionales. Lo recomiendan en Polanco las mujeres que se divorcian con dinero de por medio.

Yo llegué a Roberto por mi prima Inés, que se divorció hace cuatro años. Cuando le dije a Inés “voy a dejar a Mauricio,” lo primero que hizo Inés fue darme el celular de Roberto.

— Cállate todo, no firmes nada, primero llámalo a él.

Lo llamé un martes a las tres de la tarde. Su asistente me dio una cita para el viernes a las once.

La primera cita fue una hora.

Roberto me recibió en su oficina del piso doce. Vista del Reforma. Las paredes con diplomas de Harvard Law y Yale Law (los dos). Un escritorio de madera oscura. Roberto vestía un traje azul marino que se notaba que estaba hecho a la medida desde hacía años. Pelo gris. Esa cosa tranquila que tienen los hombres que ya no compiten con nadie.

Me dejó hablar veinte minutos. No me interrumpió ni una vez. Yo le conté lo de Mauricio sin llorar. Me sentí orgullosa de no llorar. Cuando terminé, Roberto me dijo:

— Estás llorando. No te has dado cuenta.

Tenía razón. Estaba llorando hace diez minutos. Roberto me pasó una caja de Kleenex que tenía en el escritorio para esto exactamente.

Hablamos cuarenta minutos más sobre patrimonio, custodia (no tenemos hijos, eso simplificó), y la casa de Valle de Bravo. A las doce, Roberto me dijo:

— Vamos a representarte. La cuota es así, esto te va a tomar tres meses, esta es la estrategia. ¿Tienes preguntas?

Yo le dije:

— No.

Salí de la oficina. Manejé al departamento. No le dije a Mauricio nada esa noche. Me lo guardé.

Las primeras cinco citas con Roberto fueron de trabajo. Nada más que trabajo.

Cuando Roberto y yo estuvimos juntos una sola vez sin que fuera de trabajo fue cuando él me llamó a las ocho y media de la noche un jueves para decirme que Mauricio había cedido en el punto del fideicomiso de Valle de Bravo.

— Es el mejor resultado posible — me dijo —. No te lo iba a esperar. Tu esposo es duro pero Pablo Vargas lo es más. Felicidades.

Pablo Vargas era el abogado de Mauricio. Yo no lo conocía. Roberto sí.

Yo le dije a Roberto:

— Gracias.

Y después, sin pensarlo:

— ¿Tienes diez minutos?

Roberto me dijo:

— Tengo todos los minutos que necesites. Estoy en la oficina.

Yo le dije:

— No quiero ir a la oficina.

Hubo un silencio de cinco segundos. Después Roberto me dijo:

— Hay un bar en Polanquito que se llama Selma. Te puedo ver ahí en cuarenta minutos.

Yo le dije:

— Sí.

Lo que pasó en el bar Selma esa noche no fue lo que tú te imaginas.

Tomamos dos copas de vino tinto cada uno. Hablamos dos horas. Por primera vez Roberto me habló de él. Divorciado hace seis años de la mamá de sus dos hijas — las hijas de veintitrés y diecinueve años, una en Boston, una en Madrid. Solo desde entonces. Vive en un departamento dúplex en San Ángel. Su perro se llama Borges.

Yo le hablé de mí. De por qué Mauricio y yo nos íbamos a divorciar — la cosa de fondo, no la cosa que le había contado en la oficina — y de qué iba a hacer con mi vida cuando todo estuviera firmado.

A las once de la noche Roberto me dijo:

— Estás en mi conflicto de intereses. Quiero que lo sepas.

Yo le dije:

— Lo sé.

— Cuando firmemos el lunes, dejo de ser tu abogado. Y entonces si tú quieres, llámame.

Yo le dije:

— Voy a llamarte.

Y firmamos el martes — un día tarde porque Pablo Vargas se enfermó.

Lo llamé el miércoles.

— ¿Cenamos?

Cenamos esa noche en Pujol. Roberto pagó la cuenta. Cuando salimos del restaurante, en la calle de Tennyson, él me preguntó si quería ir a su casa.

Le dije que sí.

San Ángel. El dúplex. Borges, el labrador chocolate de doce años, vino a saludarme cuando entré. Roberto me llevó a la sala. Tenía vinilos. Puso un disco de Mercedes Sosa.

Lo que pasó esa noche no se cuenta como pasó. Se cuenta así.

Roberto me trató como un abogado respetuoso. Me preguntó cosas. Esperó respuestas. Cuando me besó por primera vez fue como a las dos de la mañana — habíamos hablado cuatro horas más. El primer beso fue de un hombre que sabía exactamente lo que estaba haciendo y lo hacía con calma porque tenía cuarenta y siete años y había hecho esto antes con varias mujeres y conocía la diferencia entre prisa y conexión.

Me hizo cosas en su recámara que Mauricio no me había hecho en doce años. La diferencia más grande no fue lo que hizo con sus manos.

La diferencia fue que cuando terminó, me dijo:

— Si esto no es lo que querías, dímelo ahora. Si esto sí es lo que querías, te invito a desayunar.

Yo le dije:

— Desayunar.

Desayunamos a las nueve de la mañana en su cocina. Borges se sentó a mis pies. Roberto cocinó huevos con jamón. Hablamos de tres cosas: cuándo iba yo a poner mi parte en el contrato del fideicomiso, qué iba a hacer Roberto el sábado siguiente, y si yo iba a estar en San Ángel ese sábado.

Yo le dije que iba a estar en San Ángel.

Eso fue hace tres meses.

Voy todos los sábados. A veces los miércoles también.

Mauricio firmó. La casa de Valle de Bravo se vendió. El dinero está en la cuenta. Yo me mudé a un departamento más chico en la Roma con mi gato.

Mi prima Inés sigue sin saber. Mi mamá sigue sin saber. Mis amigas del brunch — Mariana, Vale, A. — no sabían hasta hoy.

A. me preguntó qué pensaba hacer.

Yo les dije:

— Roberto me pidió que vivamos juntos hace dos semanas. Le dije que sí. Me mudo a San Ángel en julio.

Hubo un silencio en la mesa de La Buena Barra. Después Vale me dijo:

— ¿Tú sabes que esto es la mejor historia de divorcio que voy a oír en mi vida?

A. me dijo:

— Yo te aviso cuando llegue el invierno. Por las facturas legales.

Mariana solo levantó su mimosa.

Yo levanté la mía.

Brindamos.