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INSPIRADO ENSobremesacompadre🌶️🌶️

A los 26 escondía su cuerpo. A los 57 entendió, sola en el mar de noche, que el deseo nunca se jubiló.

1,850 palabrasAnónima por J., 35

Carta a la que se tapaba en la playa

Tienes veintiséis años, estás en la playa de Chachalacas, es 1994 y traes puesta una camiseta enorme encima del traje de baño porque no quieres que nadie te vea el cuerpo después del bebé.

Te escribo a los cincuenta y siete, desde la misma costa, donde volví a vivir, y te tengo que contar algo que nos va a tomar treinta años entender, así que ponte cómoda. Quítate la camiseta, para empezar. Nadie te está mirando como tú crees, y los que sí, qué importa. El sol en la espalda mojada es de las pocas cosas gratis y perfectas que da la vida y tú te lo estás perdiendo por una panza que parió a un ser humano. Esa panza merece sol, no vergüenza.

Pero no te escribo por la playa. Te escribo por lo que viene.

Te vas a pasar como quince años creyendo que tu cuerpo es un lugar de trabajo. Que sirve para cargar, para amamantar, para aguantar desveladas, para cumplirle a un marido que poco a poco va a dejar de mirarte y al que tú vas a dejar de extrañar sin darte cuenta. Vas a tratar a tu cuerpo como se trata una herramienta: con descuido y con exigencia, las dos cosas al mismo tiempo.

Y un día —vas a tener cuarenta y dos, el divorcio va a estar firmado, los niños en casa de su papá un fin de semana— vas a meterte sola al mar de noche. Por accidente casi. Sin la camiseta enorme, sin nadie, con la luna haciendo lo que hace la luna sobre el agua. Y el mar te va a tocar todo el cuerpo a la vez, como no te tocaban hacía años, y vas a llorar de una cosa que tardarás en reconocer porque la tenías arrumbada: ganas. Vas a descubrir, a los cuarenta y dos, flotando sola en el Golfo, que el cuerpo no era una herramienta. Era tuyo. Era para sentir. Y nadie te lo había dicho, o tú no habías querido oír.

Te quiero ahorrar quince años de camiseta enorme.

El deseo no se jubila cuando te casas, ni cuando pares, ni cuando te divorcias, ni a los cincuenta, ni —me río al escribirlo— a los cincuenta y siete. Solo se queda esperando, muy paciente, a que dejes de tratarlo como un lujo de juventud o un pecado de señora. Es tuyo. Llegaste con él al mundo y se va a ir contigo. Lo único que cambia es cuántos años decides desperdiciar fingiendo que ya no está.

No te estoy diciendo que andes de loca. Te estoy diciendo algo más difícil: que aprendas a estar en tu propia piel sin pedirle permiso a nadie. Que el placer —el del mar, el de una comida lenta, el de unas manos, las que sean, incluso las tuyas— no es una recompensa que te ganas por ser buena. Es parte de estar viva, igual que respirar, y a nadie le pides permiso para respirar.

A los cincuenta y siete tengo el cuerpo que tú tanto escondías más treinta años de uso encima. Manchas, arrugas, una cicatriz de la cesárea que es prácticamente una firma. Y me meto al mar de noche cada vez que puedo, sin camiseta, y dejo que me toque todo a la vez, y ya no lloro: me río. Porque me tardé, pero llegué.

Quítate la camiseta, muchacha. El Golfo lleva veintiséis años esperándote y tú creías que el problema era tu panza.

Te quiere, desde la misma orilla y mucho más ligera, Tú.

¿Cuándo fue la última vez que tu cuerpo te sorprendió? Escríbenos — leemos cada carta, publicamos algunas los miércoles. Responder →