Lo que una mujer de 68 le escribe a la novia de 22 que fue: cásate, ámalo, pero no te pierdas.
Carta a la que se casa el sábado
Tienes veintidós años y mañana te casas, y yo tengo sesenta y ocho y soy tú, cuarenta y seis años después. Te escribo desde la misma ciudad — Guadalajara no cambia tanto, vas a ver — pero desde una cocina que todavía no imaginas, con las manos que todavía no tienes: manchadas, sabias, buenas para sostener.
Sé exactamente cómo estás esta noche. El vestido colgado en la puerta del clóset como un fantasma bonito. La maleta a medio hacer. Y por dentro, esa cosa que no le has dicho a nadie: el miedo de no estar segura. Mamá te dijo que los nervios son normales. Te mintió un poquito, con cariño. No son nervios. Es que ya intuyes algo que tardarás décadas en saber decir: que el amor no es la cosa que sientes hoy. Es la cosa que vas a decidir, un día sí y otro también, cuando ya no la sientas.
Déjame ahorrarte unos años.
Ese hombre con el que te casas mañana es bueno. No perfecto — perfecto no existe y, créeme, perfecto sería aburridísimo. Bueno. Lo vas a querer de tres o cuatro maneras distintas a lo largo de tu vida, y solo una de ellas se parece a lo que sientes hoy. Habrá un amor de los primeros años, todo piel y prisa. Habrá un amor cansado, de pañales y cuentas, en el que se hablarán como dos socios administrando una empresa pequeña y ruidosa. Habrá — esto no te lo espera nadie — un amor que vuelve, como a los cincuenta, cuando los hijos se van y se quedan otra vez los dos solos en la mesa y descubren, con un susto dulce, que todavía se caen bien.
Y habrá un día — ojalá muy lejos, a mí me llegó el año pasado — en que uno de los dos se quede en la cama y el otro le lleve el café y se den cuenta de que esto, esto callado, era de lo que se trataba todo.
Pero te voy a decir lo que de verdad te quiero decir, lo único que vine a decirte cruzando cuarenta y seis años:
No te pierdas.
Te vas a llamar "la esposa de" y luego "la mamá de" y los dos títulos te van a quedar grandes y cómodos como un suéter prestado, y un día vas a abrir un cajón buscando otra cosa y vas a encontrar a la muchacha que fuiste — la que quería estudiar, la que bailaba, la que tenía opiniones feroces sobre cosas que ya ni recuerdo — y te va a dar una nostalgia que parece tristeza pero es aviso.
Hazme caso desde aquí: no la guardes en el cajón. Sí cásate. Sí ámalo. Pero no entregues a cambio a la muchacha. El mejor regalo que le vas a hacer a tu matrimonio no es desaparecer dentro de él. Es seguir siendo alguien con quien valga la pena estar casado.
Lo aprendí tarde. A los cuarenta volví a la escuela. Tu — nuestro — esposo puso una cara rara la primera semana y para la tercera me estaba ayudando a estudiar en esa mesa de la cocina. Resulta que él tampoco quería estar casado con un suéter prestado. Quería estar casado conmigo. Yo era la que se había olvidado de aparecer.
Mañana, cuando camines hacia él y todos volteen a verte, vas a sentir que tu vida empieza. No es cierto. Tu vida ya empezó hace veintidós años y no se detiene en ningún altar. Camina hacia él como quien suma, no como quien se entrega entera y se queda sin nada para después.
Va a estar bien, mi vida. Mejor que bien. Vas a tener una cocina con las paredes amarillas y nietos que no te imaginas y un día le vas a escribir una carta ridícula a tu yo de veintidós años porque alguien — una mujer que se llama Sofía, ya la conocerás — te dará permiso de decir en voz alta todo esto que callaste.
Ponte crema en las manos esta noche. Las vas a usar mucho. Resulta que son lo mejor que tenemos.
Te quiere, con cuarenta y seis años de ventaja, Tú.
¿Qué le escribirías tú a la mujer que eras la noche antes de una gran decisión? Cuéntanoslo — algunas de esas cartas las leemos los miércoles. Responder →