Nunca le tocó. Y está bien — mejor que bien. La vida que no cabía en el guion resultó hermosa.
Carta a la que esperaba que ya le tocara
Tienes treinta y un años y acabas de salir de otra comida familiar donde alguien te preguntó, con la boca llena, "¿y para cuándo?". Te escribo a los cincuenta y cuatro para decirte una cosa que nadie en esa mesa sabía: nunca te tocó. Y estás bien. Mejor que bien.
Sé que ahora mismo eso te suena a fracaso. Te criaron con un guion —novia, boda, casa, hijos, nietos— y cada año que pasa sin cumplir el siguiente renglón sientes que vas reprobando una materia que todas las demás aprobaron sin esfuerzo. Las invitaciones a baby showers te llegan como pequeñas multas. Aprendiste a sonreír y a regalar mamelucos y a llorar tantito en el coche, después, sin saber bien por qué.
Te voy a contar cómo termina, porque a ti nadie te contó que esta versión existía:
Lo intentaste. Eso quiero que lo sepas tú, la de treinta y uno, que todavía no lo intenta: lo intentaste, con un hombre bueno, durante años, con doctores y calendarios y esperanzas que se subían y se bajaban como mareas. No se dio. Y hubo un duelo de verdad —no te lo voy a maquillar, fue de los grandes— por los hijos que no llegaron, por las navidades que imaginabas distintas.
Pero del otro lado del duelo había una vida. No un premio de consolación: una vida entera, ancha, que no cabía en el guion porque el guion era muy chiquito.
Tienes una casa en Puebla con un cuarto que iba a ser de niños y que ahora es donde pintas —sí, pintas; empezaste a los cuarenta y resultó que eras buena—. Tienes ahijados y sobrinos que te buscan precisamente porque no eres su mamá: contigo se puede hablar distinto. Tienes un matrimonio que no se desgastó en desveladas y peleas por la crianza, sino que tuvo tiempo de envejecer suave, los dos, mirándose. Tienes mañanas calladas que muchas mujeres que sí siguieron el guion te envidiarían si fueran honestas.
No estoy diciendo que sea mejor ni peor que la otra vida. Estoy diciendo que es una vida. Plena. Tuya. Que el útero no era el centro del proyecto, aunque media familia y todas las revistas te juraran que sí.
Lo que de verdad te quiero ahorrar son los años que pasé sintiéndome incompleta esperando un renglón que no iba a llegar, en vez de leer el renglón que sí estaba pasando, frente a mí, todos los días. Tardé como hasta los cuarenta y cinco en dejar de vivir en la sala de espera de la vida que se suponía que me tocaba, y mudarme de una vez a la vida que tenía.
La próxima comida en que alguien te pregunte "¿y para cuándo?", quiero que practiques una respuesta que yo aprendí muy tarde: "No va a pasar, y estoy en paz." Punto. Sin disculpa, sin la sonrisa de multa. Vas a ver cómo se les descompone la cara, porque no saben qué hacer con una mujer que no está esperando nada.
Esa mujer que no espera nada porque ya tiene su vida — esa eres tú, a los cincuenta y cuatro, escribiéndote desde un cuarto que huele a trementina y a paz.
No te tocó. Te tocó otra cosa. Resultó hermosa.
Te quiere, con un pincel en la mano, Tú.
¿Tu vida siguió el guion o se inventó otro? Cuéntanos cómo te fue del otro lado. Responder →